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Guillermo Uruñuela Álvarez

La crítica, la sátira y el sarcasmo hacen esta profesión apasionante. Estudiante de periodismo, cuento lo que veo y como lo veo. Por el momento no escribo para nadie, sólo para mis lectores. En mi vida siempre he tenido una pluma en la mano y un balón en los pies, pero si tiene que caer alguno, que ...


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  • 21
    Febrero
    2012

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    Herjomar

     

    El otro día bajando por la Castellana dirección Atocha, en concreto, dirección Cuesta de Moyano, me detuve un instante entre el caos. Mis pasos no cesaron, pero mi mente empezó a cavilar. Era sábado, un sábado invernal de estos en los que debes tener un valor inquebrantable para adentrarte en la capital. Los tienes que tener bien puestos. Colas, gente, tumulto, un bullicio insoportable que llega por convertir una tarde de ocio en un quebradero de cabeza.

    Judith y yo habíamos ido a comer a un sitio céntrico. Luego paseamos por las calles más emblemáticas para  los desatados consumistas. Nos paramos y tomamos un café. Me desalienta el panorama. Cursis por todos lados cargados de bolsas hasta las orejas, fatuos embobados por la publicidad y las luces, establecimientos aparentes, refinados y fríos, muy fríos. Así es Madrid. O mejor dicho, así te puedes sentir en Madrid; un alma deambulando sin una meta definida.
    Entonces, como narraba, mi ser se detuvo y recordó al Herjomar. Hace pocos años, circunstancias de la vida, tuve la suerte de toparme con esta taberna. De las de pueblo, de las de mantel de cuadros y barra empapada de espuma de cerveza, de las de gente de verdad. Durante un año estuve desayunando, comiendo y cenando en ocasiones en aquel lugar. Allí me sentía cómodo, como en casa. Se agradece eso de un “¿qué tal estás niño?”, a las 8 de la mañana justo antes de dirigirte a la Universidad.
    Por supuesto, el Herjomar no saldrá en las grandes guías, ni su decoración sea el último grito en tendencias. También sé que mucha gente pasa de largo porque no llega a su nivel o porque eso no es para ellos. Mejor para mí- el local es muy pequeño y así tengo más espacio-. Me encantaría que Madrid estuviese plagado de Herjomares, de gente honrada que va las 7 de la mañana a comerse un pincho de tortilla, un café y a fumarse un cigarro- cuando se podía- de una manera natural y sin intentar impresionar a nadie.
    Por cierto, hace mucho que no me paso por allí. Tendré que retomar las viejas costumbres. Volver a visitar “al rubio”, a Cristian, a Jonathan…que seguirán rabiados porque los cabrones de los políticos le han privado de su cigarrito tras la barra. Y por supuesto a degustar los manjares de Leonor, que en poco más de dos metros cuadrados, prepara con maestría lo que te venga en gana con una velocidad y una eficacia encomiable. Con esas manos curtidas por los fogones y esa sonrisa propia de la gente humilde. Judith se ríe de mí cuando le recuerdo lo que me encanta, pero yo sonrío aún más fuerte por dentro al recordar que allí, justo allí, tuve la suerte de conocer a esta maravillosa persona.

     

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