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Guillermo Uruñuela Álvarez

La crítica, la sátira y el sarcasmo hacen esta profesión apasionante. Estudiante de periodismo, cuento lo que veo y como lo veo. Por el momento no escribo para nadie, sólo para mis lectores. En mi vida siempre he tenido una pluma en la mano y un balón en los pies, pero si tiene que caer alguno, que ...


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  • 16
    Febrero
    2012

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    La inconstitucionalidad de la libertad de expresión

     En materia política la realidad no puede vislumbrase gris. En función del prisma por el que se observe un hecho, solo habrá dos colores a los que agarrarse, el negro o el blanco. Cuando dudas y te quedas a medio camino entre la oscuridad y la pureza pasa lo que pasa. Sino que le pregunten a  Alberto Ruiz-Gallardón. El actual ministro de Justicia en un alarde de mortalidad quiso opinar como un ciudadano de a pie, pero en política eso no vale. Si eres del bando nocturno no puedes o no debes confesar que durante el día hay cosas maravillosas y viceversa.

    La línea de un partido se tiene que respetar sin remisión o lo que es lo mismo, hay que tragar, mirar hacia otro lado y aquí no ha pasado nada. Porque desgraciadamente en este país, como en la gran mayoría, la libertad de expresión existe pero hay que tener una delicadeza exquisita con lo que uno promulga. Cuando el licenciado en Derecho opinó que no consideraba inconstitucional el matrimonio entre personas del mismo sexo, se situó en medio de un océano de tiburones con 20 Kilos de atunes frescos a la espalda. Sin piedad, los golpes llegaron en todas direcciones. Como es de esperar, la oposición y los partidos menos afines al Gobierno percibieron la puerta de entrada para atacar vilmente, no al ministro en cuestión, sino a la infraestructura del PP.

    Por desgracia para Gallardón, la cosa no quedó ahí. Desde su propio partido también florecieron comentarios duros contra sus concepciones constitucionales. Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior, no tuvo condescendencia con las declaraciones del ministro de Justicia. Posiblemente este responda a la rama más conservadora del PP y no podía dejar escapar esta oportunidad para matar dos pájaros de un tiro. Posicionarse tajantemente en un debate que ha suscitado muchas polémicas y  mandar un recadito a su “colega” de partido. Quizá este enfoque liberal de Gallardón no le agrade en exceso a un creyente ferviente, muy próximo al Opus Dei y excelentemente relacionado con la Iglesia como es el señor Fernández Díaz. El resto de militantes optó por hacer aquello que mejor se les da a los políticos, pasar la bola a otros, en este caso al Tribunal Constitucional.

    Y es por esto, entre otras muchas cosas, por las que nos encontramos en un estancamiento total y aparente incorregible. La “farándula” política es incapaz de encontrar ese punto de sensatez en un menester terriblemente delicado. No es de recibo que pierdan la totalidad de sus energías en demostrar lo malo malísimo que es el oponente en vez de intentar brillar con luz propia. Por eso no se avanza. Porque mientras perdamos el tiempo en batallas desprestigiantes, no tendremos ni tiempo ni fuerzas en solucionar las escandalosas cifras del paro en España.

     

    Ahora, a Alberto Ruiz-Gallardón no le quedará más remedio que aguantar el vendaval pero que no se preocupe; pasará pronto. Tan pronto como se conozca otro escándalo de corrupción de nuestros dirigentes. PSOE, IU, UPyD, PP, el Foro de la Familia…todos se encuentran parcialmente alterados por su constitucional punto de vista sobre el matrimonio gay. Aunque en esta guerra no está solo, todavía le queda una esperanza. Curiosamente esta, se apellida Aguirre y, al igual que el ministro, consideró fuera de lugar el recurso presentado por su partido en 2005.

     

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