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Guillermo Uruñuela Álvarez

La crítica, la sátira y el sarcasmo hacen esta profesión apasionante. Estudiante de periodismo, cuento lo que veo y como lo veo. Por el momento no escribo para nadie, sólo para mis lectores. En mi vida siempre he tenido una pluma en la mano y un balón en los pies, pero si tiene que caer alguno, que ...


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  • 16
    Noviembre
    2011

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    La unión hace la fuerza

    Estando lejos de tu patria, todo aquello que pensamos que tiene una repercusión mundial pasa a un discreto segundo plano y viceversa. ¿Cómo no ver un clásico entre el Real Madrid y el Barcelona o una final de Champions League? Parece irreal. Aquí en Houston, evidentemente la tirada del soccer es mínima y aquellos que lo siguen no tienen precisamente raíces gringas. Eso seguro. Sin ir más lejos, un compañero de universidad me situó a España en India; y el tipo tan tranquilo. Conocemos muy poco de ellos y ellos aún menos de nosotros. No les importa ni lo más mínimo lo que ocurre lejos de sus fronteras. No saben si España limita con Vietnam o si es una un isla en medio del Pacífico, pero les parece imperdonable no conocer al quarterback de los Texans.

     

    Decía y enlazo, que el otro día me fui con mis compañeros a ver el duelo entre Manny Pacquiao y Márquez a un restaurante de Galvestone. No me lo podía no creer. Había la misma expectación que en Madrid cuando nuestra Roja se enfrentaba a los tulipanes en la final del Mundial. Nunca pensé que hubiese tanto ambiente ante un combate de boxeo. Además, el ansiado cara a cara en cuestión, se celebraba en Las Vegas; con eso queda dicho todo. Un acontecimiento a lo americano con espectáculo y parafernalia para parar un tren.

     

    Poco a poco los 4 españoles nos fuimos ambientando. La atmósfera era espectacular y envolvente. Dos jarras de Doble XX (la cerveza mejicana que más se vende por estos lares) quizá tuvieran parte de culpa. El primero en salir en escena fue el mejicano Márquez. Imagínense cómo subió la temperatura del local. La gente estaba entusiasmada. Sus paisanos pletóricos al igual que los yanquis; todo el mundo estaba expectante. El segundo en aparecer, el boxeador filipino y reciente campeón del mundo, “Pacman”.

     

    En los prolegómenos del envite, sonaron los himnos nacionales de ambos combatientes y como colofón el americano. Lo relato y todavía se me ponen los pelo de punta. Una joven afroamericana coge el micro y empieza la apoteosis. El primero en ponerse en pie, un hombre de avanzada edad con sombrero tejano y mano al corazón. Se descubre y le siguen todos sus compañeros de mesa como fichas de dominó. En cuestión de segundos todo el local estaba en pie, entre ellos nosotros entregados como si fuésemos del mismísimo Pearland.

     

    En aquel lugar les aseguro que más de la mitad de los asistentes no eran americanos, pero todos se rendían ante las franjas rojiblancas estrelladas en su margen superior izquierda. No quiero ni imaginar lo que allí hubiese pasado, si como en nuestra patria, un energúmeno hubiese irrumpido con la bandera nacional entre llamas. Allí nos dimos cuenta de la grandeza de este país. Toda su incultura, egocentrismo y carencias las suplen con un mismo sentimiento. Es admirable el patriotismo y el optimismo que derrochan. Al final va a ser cierto eso del yes we can!

     

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