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Guillermo Uruñuela Álvarez

La crítica, la sátira y el sarcasmo hacen esta profesión apasionante. Estudiante de periodismo, cuento lo que veo y como lo veo. Por el momento no escribo para nadie, sólo para mis lectores. En mi vida siempre he tenido una pluma en la mano y un balón en los pies, pero si tiene que caer alguno, que ...


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  • 07
    Enero
    2015

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    Reggae sin canutos

    Hay cosas que son así y punto. Podrían haber sido de otra manera si hubiesen sido creadas en distinto tiempo, con diferentes fines o simplemente porque sí. Situaciones o placeres que tienen un marco característico, incluso podría decir definitorio, para poder comprenderlas, apreciarlas y sobre todo para disfrutarlas. No es lo mismo cantar un gol de tu equipo desde la confortabilidad de un sofá, con calefacción, buena cerveza y repeticiones a destajo, a tragarte un partido infumable en una grada de pie, pasando frío y, mojado hasta las trancas, saltar como un condenado cuando ves la pelota entrar en el 90.

     

    Hablamos de comodidad y bienestar, de progreso que dirían los políticos o de sociedad 84.0 que dirían los cursis. Aunque por mucho que me intenten convencer hay cosas que son así y deberían seguir siendo de ésta y no de otra manera. No se entiende futuras escuelas con ordenadores en vez de libros, de playas artificiales con diques que protegen a los bañistas del mar cuando entra fuerte. De aparatos que convierten una tarde de ejercicio en una exhibición de tu vida, registrando hasta las gotas de sudor para publicarlo en las redes, del periódico sin papel o del tocadiscos con Wifi.

     

    Precisamente, todo este tostón viene por un simple diario. El otro día, en una de las cafeterías más céntricas de Arrecife, decidido me senté en una terraza. No era especialmente pronto y ya asomaba el sol por encima del mar acompañado de unos veinte grados y eso que estábamos en diciembre. Para qué contaros la estampa. Idílica. El camarero exquisito en sus formas me confirma la peor de mis sospechas. No tienen periódico.

     

    Mala suerte la mía, pensé, para un día que vengo no lo tienen. Pero al regresar de dentro sujetando el café con una maestría envidiable continúa comentando que no se compra porque ya nadie lo lee. Ahora desde el móvil te lo puedes leer gratis, esgrimía el pobre diablo orgulloso cual Fleming con la penicilina. Le dije que gracias y que me cobrase aprovechando que estaba allí para no dar dos viajes, aunque en verdad me hubiese gustado explicarle que no se puede entender ese desayuno envuelto en la carcasa luminiscente de un móvil, como no se puede relatar un concierto de reggae sin canutos.

     

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