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TORMENTA DE IDEAS
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Blog TORMENTA DE IDEAS - ISABEL MENÉNDEZ BENAVENTE

ISABEL MENÉNDEZ BENAVENTE

Soy esposa, madre y psicóloga. Me gusta ante todo vivir. La vida es apasionante y contarla a través de este blog, me parece todo un privilegio. Mi prioridad :mi familia;mi adicción: mi trabajo, ese con el que trato de ayudar a encontrar esa luz que muchos necesitamos, a través de las tinieblas. Me ...

Sobre este blog de Sociedad

Este blog es eso, una tormenta de ideas. Es una técnica que utilizamos en psicología, y en general cuando se trata de encontrar solución a algún problema , tomar decisiones y de alguna manera fomentar la creatividad... Se trata de que salgan todas las ideas que uno tiene, aunque puedan parecer en p...


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  • 12
    Marzo
    2015

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    actualidad Gijón Ora

    BENDITA APP

    Verán, según oigo constantemente en la consulta, este tiempo nos está matando a todos. Nos deprime el cielo gris, tanta lluvia, este invierno eterno... Lo que hace, qué quieren, que a veces se me contagie la humedad de la tristeza. Pero hete aquí, que una, así a lo tonto, se despierta con una excelente noticia, y eso le alegra el alma, y le sube la moral. Mira que lo había soñado: ¡¡una app para pagar la ORA!! Casi, bueno, sin casi, he llorado de alegría... Porque supongo que a ustedes, como a mí, esto de la ORA les traía por la calle de la amargura. Sin ir más lejos, a mí me costó tal disgusto en un sucedido de este verano, que juré que nunca más volvería a utilizarla. A mí, como a muchas mujeres, me gusta llevar bolsos grandes, para que entre de todo, desde un expediente, hasta un Almax por si un paciente te pone el estómago del revés. En una de mis múltiples correrías, tenía el justo tiempo para llegar a una reunión. Salía del trabajo con el coche aparcado en zona. Multa. Hablo sola (suelo hacerlo), me había pasado un poco. Tengo mucha prisa. Busco el monedero en mi bolso. No lo encuentro. Saco el dichoso contenido (esto lo habrán visto miles de veces para buscar cualquier cosa), sale la cartera, las llaves, el neceser, los kleenex, el susodicho Almax, unas tiritas porque me matan los zapatos, crema para la descamación de manos por el frío, un cargador de móvil, etc., etc. Por fin encuentro el dichoso monedero. Cojo el ticket, lo meto en el sobrecito (ya paso de poner fuera no sé qué de la matrícula porque lo que no tengo en el bolso, mire usted, es un boli), e intento meter en la puñetera ranura el sobrecito. Había llovido. Digamos que lo tenía que empujar con la llave. Hago lo que me mandan. No funciona. Histérica. No llego. Me digo (esto lo hago desde que soy pequeña porque me llamaba así mi padre): “a ver, Isabelina, tranquila. Algo estás haciendo mal”. Vuelvo a intentarlo. Nada. Se me está haciendo tardísimo. Busco en mi mochila gigante (ya la veo así) el maldito móvil que, claro, no encuentro, y tengo que vaciar en plena calle otra vez todo el contenido. Llamo al teléfono que indican y una amable señorita me dice que: oiga, busque al controlador. Me cago en todo (con perdón). No aparece. Vuelvo a llamar, después de volver a meter, con lo que eso conlleva, el móvil en el bolso y volver a sacarlo. Oiga, que no hay nadie por aquí, que tengo prisa. Por favor. Contestación: señora, estará estropeado, busque otro parquímetro... Así, a lo pijo. Yo, que no puedo. Por fin y después de llamar otra vez porque no encontraba ninguno cerca (es que cuando me ataco, me ataco, y ya llegaba casi 10 minutos tarde), consigo encontrar otro parquímetro que sí me admite la anulación, eso sí, después de ir a cambiar, porque la asquerosa máquina no admitía nada más que el importe exacto de la multa. Yo estaba dispuesta a meter más, aunque no me diera la vuelta (en aquel momento me hubiera metido yo), ¡pero no! Tenía que ser el importe justo. De verdad que creí volverme loca. Un buen ciudadano que me vio casi llorando, me cambió. La anulé y me fui. Tenía que ir por la autopista. Llegué a mi destino, volví a mi casa y quise llamar por el móvil. No lo encuentro. Tranquila, Isabelina. Llámate, que estará caído en el coche, con la tarde que llevas. Nada. De repente recuerdo, a cámara lenta, cómo ponía el dichoso móvil, tras discutir con la controladora telefónica, encima del techo de mi coche... Diosssssssssss. Seguro que lo había dejado encima, estaba fuera de mí. Pensé en el ruido extraño que oí en la autopista antes de entrar en la primera rotonda. Me di por vencida. Hecha un mar de lágrimas (sí, estaba al borde del paroxismo) deshice el camino despacito por si lo encontraba. Nada. Llego a casa. Informo con temor a una riña (aunque suelo poner pucheros y no falla), y aquí el padre de mis hijos coge la moto y hace el mismo recorrido. Cuando llega no me lo puedo creer. Lo encuentra en el arcén entre los matorrales. Evidentemente sin batería (na), con la pantalla rota (na, que se arregla en un plis), pero sigo teniendo mi tesoro, con toda mi información, y unas pequeñas abolladuras que me recordarán siempre que es un superviviente. Aquí lo tengo, a mi lado, siempre. Le adoro. Así que entenderán que la noticia de que ahora puedo pagar con mi móvil sea la mejor del día... Procuraré, eso sí, meterlo después en mi bolso.

     BENDITA APP

    ¡¡ Bendita sea!! 

     

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