Esta vez no pudo ser. La selección española de balonmano cayó en cuartos de final ante la anfitriona, Alemania, que, a la postre, sería campeona del mundo, que la derrotó por dos goles con un arbitraje partidario y nefasto de la pareja noruega, de difícil olvido. En el balonmano de alta competición actual existe muchísima igualdad, tanta que hay diez equipos que habitualmente se pueden ganar uno a otro por un gol o dos como máximo, España es uno de ellos, por supuesto, como también Francia, Croacia y Alemania. O sea, que los principales equipos del mundo estaban en el grupo de España y así pudo ocurrir que Polonia y Rusia llegaran a semifinales.
Con todo, España ya había advertido de que no era la misma que había quedado campeona del mundo hace cuatro años. Los torneos amistosos y los primeros partidos jugados del campeonato ya decían que teníamos problemas varios para renovar este título. En primer lugar, en el tiempo transcurrido la selección se ha hecho mayor, vieja. Hay jugadores como Garralda, Juancho, Demetrio, a los que hay ya que jubilar, y no digamos la portería, en la que Barrufet y Hombrados no aguantan el ritmo de los diez partidos exigidos. Está claro que hay que hacer un relevo generacional, pero no va a ser fácil, sobre todo en la portería. Otro de los defectos claramente visibles fue la falta de un lateral zurdo, dado que Garralda ya no está para este nivel y Belaustegui fue repescado a última hora. De los jóvenes faltó Puch. Estuvo muy bien el pivote hispano cubano Urios, que parece un chaval. En los extremos, Roberto y Davis, ex jugador del Naranco, progresan adecuadamente.
De los nuestros, el mejor con diferencia volvió a ser Alberto Entrerríos, que mezcla actuaciones portentosas con partidos decepcionantes, debido a la enorme velocidad con que concibe el juego, no tiene término medio, pero cuando juega a gusto es sin duda el mejor lateral izquierdo del mundo. Su hermano, el central Raúl, no tiene las condiciones físicas y técnicas de Alberto, pero es joven va progresando y fue el mejor central de la selección. El avilesino Rubén Garabaya fue el más flojo del grupo de los nuestros y se le notó mucho que estuvo parado y sin entrenar debido a la lesión nasal; tampoco le dieron muchas oportunidades.
En general, el campeonato estuvo muy bien organizado, sobre todo para que el equipo de casa quedara campeón, cosa que al final consiguió, por eso habrá que felicitarlo. Pero no cabe la menor duda de que Alemania es la meca de nuestro deporte, con una asistencia en cada partido de 20.000 personas en los pabellones. ¡Vamos, igualito que en España!
En cuanto al análisis del juego visto por televisión, nos pareció que la mejor defensa fue el clásico sistema 6-0 de los teutones, con altura y dureza consentida; el mejor contraataque, el de Islandia y Dinamarca, y en el ataque posicional volvió a brillar Croacia, con un juego fluido y sencillo, apabullante. Al final, España salvó los muebles quedando séptima y alcanzando la última plaza para el preolímpico de Tokio.
Con respecto a los arbitrajes, en general fueron correctos, a excepción de los que le hacían al equipo anfitrión, como estaba previsto. Como diría el amigo Ramón Gallego, los arbitrajes no fueron realmente caseros sino «hogareños».
Bien, en definitiva, el rey ha muerto, ¡viva el rey!