Rodando por el silencio verde

 
Rodando por el silencio verde
Rodando por el silencio verde 
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Oviedo, Víctor GUERRA

El embalsado río Navia es un espejo verde oscuro al que asomarse desde mil rincones. Habíamos rodado semanas atrás por Villayón, por tierras de Navia, y ahora tocaba un desvertebrado concejo como es Illano, que se enmarca en un bello eslogan para vender su belleza: «El silencio verde».

Aunque lo que me atrae de esta zona no es tanto su cromatismo o sus «ruidos», sino esa gran lámina verde oscura que ha sepultado tierras y caminos y que siempre me ha parecido como una masa insondable llena de misterio. Por eso qué mejor que acerarse a estas tierras de la mano de un autóctono, dominador de la plástica e interesante compañero de fatigas betetistas como Ricardo Mojardín.


Y allá nos fuimos en busca de sus predios natales una mañana dominical donde el agua manaba de la tierra y de las nubes a jarraos, lo cual no fue óbice para que pertrechados para la ocasión saliésemos desde la modernista área de Folgueirou, cruzando la carretera y buscando, justo enfrente, la empinada carretera que sube hacia La Garganta.


Se sube el Valle de Riba hacia la Pastureye, situada en el PK 2,7 de la carretera, la cual nos invita a irnos por el lateral izquierdo hacia As Cortes de Silva, en medio de un enorme barrizal y una continua escorrentía de agua que va camino abajo, a los 600 metros llegamos a la cuadras mencionadas y doblamos a la derecha, momento culmen donde la cadena en medio del aguacero se nos parte.


Ganas hay de maldecir la inoportunidad de la rotura, pero la aguada no nos deja tregua ni para eso, arreglamos a la vieja usanza empalmando eslabones y continuamos a media ladera por la zona de Lombatín, por una zona  conocida como Las Malebas,  donde un camino que baja nos deja ante la carretera antes dejada, la cual seguimos unos hacia el Valle Veyo.


Por más que nos empecinamos en escudriñar nuestro entorno, la densa lluvia y la pátina nebulosa que nos rodean nos hacen aparecer algo fantasmagóricos en medio de la soledad más queda que uno pueda imaginar.


En el punto 5,5 de la ruta abandonamos la cómoda finta asfaltada para irnos por la derecha hacia el Valle Veyo, rumbo Oeste, en medio del monte de Gíu, a la altura de una cuadra abandonamos el camino que va Abredo y tomamos un sendero que se va a buscar la linde del monte y entra entre éste y un cierre de piedra, a veces el sendero es poco visible, lo que nos obliga a bajarnos de la bici para ganar la zona de Cotos.


Si sucediese perder este sendero, que sería lo más fácil, sólo bastaría ir hasta Abredo y luego subir hacia Cotos; es una pérdida de desnivel, pero tal vez es más cómodo; pero como el guía Mojardín echó arrestos para meterse en lo denso de los arbustos, pues allá nos fuimos los dos. Una vez concluyendo el sendero, el camino se hace más grande y nos empata el que sube de Abredo, llegando al collado al pie de Pico del Cuco entre unos bellos cierres de piedras hincadas con 10,4 kilómetros y 759 metros de altitud. 


Ya cuando íbamos hacia Illano, en medio de bellas cascadas de agua, Ricardo Mojardín me señalaba la silueta del pico del Cuco, tras cuya cóncava cumbre en los atardeceres estivales se esconde  el sol haciendo majestuosos juegos de luz. A la cumbre, allá se empeña el guía y amigo en treparla en bici, mientras el que suscribe, más pragmático, optó por hacerlo andando. En medio de la lluvia vemos el espejo apagado del río Navia allá abajo, encajonado y atrapado en medio de los embalsamientos, a los cuales se le ha sometido tan bravo río, que debía ser toda una maravilla cuando nos existían los embalses. Tras contemplar la Ruta del Kilovatio, como se la ha bautizado, y ver la toda la señalítica rota del PR 200, con el que hemos conectado, desandamos unos metros para tomar la pista que baja hacia Froseira por la ladera oeste del pico. Desechando la bajada por la Cueva o Demo.


La bajada es bonita y nos acordamos de algunos amigos de Asturcón btt y sus trotonas de bajada, pues con la riada que bajaba optamos por una bajada tranquila para no empaparnos más de lo que ya estábamos, una bajada de casi 6 kilómetros, hasta la adormecida aldea de Froseira (17,3 kilómetros), a la que llegamos ateridos. Como el sendero del PR se nos antojaba complejo, optamos por subir por la pista hormigonada que nos llevó directamente hasta la carretera AS-12.


Ya en ella se vira a la izquierda hacia el núcleo de Doiras (20 kilómetros), adonde se llega en unos minutos; en medio del pueblo nos desviamos a la derecha hacia las casa de los ingenieros y los bloques de pisos, a cuyo costado nace un sendero estrecho que en un par de revueltas nos baja directamente al embalse de Doiras. El verde silencio de la zona, sólo roto por un leve zumbido eléctrico que nos emociona y más cuando Mojardín cuenta sus vivencias de niño por estas tierras, donde la niñez era un solitario quehacer contemplativo. Subimos unos kilómetros por una carretera que sale del mismo embalse de Doiras, para desviarnos a los 21,7 kilómetros por un camino que nos lleva por encima de la carretera que hemos traído y por debajo de Silvan, pasando por los lugares El Enxertedo, Las Veigas o la Couz de Ríos, camino de la casa natal de este genial compañero y admirable pintor; aún recuerdo el entusiasmo y sorpresa cuando estas Navidades envié a medio mundo una de sus originales vacas, tal vez esa nostalgia de la niñez permitió ganarle unos metros a la ruta, mientras Mojardín  contemplaba sus predios natales.


Una clara bifurcación que tomamos por el ramal bajero camino del solitario caserío Rebollal, 24,5 kilómetros, al cual llegamos tras cruzar la riega de Sarceda. Una tardía comida en el solitario salón del Rebollal, casa natal que tantos Mojardines vio nacer y crecer y pasar al Oriente Eterno, nos cobijó de la lluvia mientras debutábamos unas viandas recordando los viejos ancestros que lo habitaron y que se resistieron a la huida que asoló estos pagos.

Concluida la leve pitanza salimos rumbo NE, camino de Castrillón; antes de llegar a la iglesia y cementerio se dobla a la derecha en ascenso buscando el carretil de Sarceda, aquí lo ideal es subir hacia la Cordal y rodar por ella un buen trecho para luego bajar por encima de Llanteiro hacia el puente colgante, pero dado lo avanzado de la tarde decidimos bajar hacia Silvón, rodando por encima de la ruta hacia el Rebollal. Desde Silvón bajamos a buscar la otra carretera que une Doiras con Boal, BO-3, y 32 kilómetros, que se me hace eterna, al menos en la larga subida por encima de Lombatín. Doiras y el propio embalse se hacen omnipresentes, de hecho creí que nunca iba a perder de vista el dichoso valle por más pedaladas que diera.

Poco a poco, Doiras se va quedando atrás, y en Bullaso nos indican que un poco más adelante se toma el carretil que baja a Llanteiro, bajada que hacemos despacio camino del pueblo, donde un camino precioso a continuación nos va llevando a media ladera y luego en bajada hacia un escondido puente colgante sobre el Navia que nos permite cambiar de orilla contemplando nítidamente las jaspeadas aguas verdosas del embalsado río en medio de un silencio que duele.

Cruzamos el puente con casi cuarenta y cuatro kilómetros rodados, y emprendemos la subida de casi unos tres kilómetros largos de subida mantenida, aunque no fuerte, en la primera subida ya me veo aflojar y hasta me duele subirme a la bici, lo cual indica que he cogido una pájara del cinco, tanta agua y sube y baja sin comer y sin apenas beber han pasado factura, y ya sólo me queda subir hasta el área recreativa por la larga pista tirando de la bici, mientras contemplo los juegos de luz y un dulce silencio verde que ahora resplandece tras tanta agua, tocando la ruta a su fin de nuevo en el área de Folgueirou.

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