De Nicolás Leblanc y otros animales

28.05.2008 | 02:38

Ciertamente ha llovido ya mucho desde aquel lejano día 16 de aquel lejano mes de enero de aquel lejano año de 1806, en que un pequeño y miserable hombrecito llamado Nicolás Leblanc tenía a bien dejar este mundo, cansado, arruinado y abandonado, en un sucio jergón del antiguo asilo de pobres de Saint-Dennis. Sólo le lloró su sien, aunque con lágrimas de sangre.
Seguramente a muchos les sea desconocido este nombre, uno más entre tantos pequeños y miserables hombrecitos que nos precedieron, y que pasaron por este valle de lágrimas sin más huella que las flores a las que un día alimentó el mantillo en que se convirtió su cuerpo, junto al de sus pequeños y miserables compañeros de viaje, en la fosa común en la que fue enterrado.
Pero Nicolás Leblanc, al menos el Nicolás Leblanc del que hablo, no era precisamente un hombrecito pequeño y miserable. No les hablaré de su vida, digna de una novela, una ópera, una película, un vídeo en youtube -aunque les invito a investigar sobre él, se sorprenderán-; sólo les digo aquí que este médico francés es para muchos el padre de la Ingeniería Química moderna, y toda una metáfora de los muchos que hoy en día compartimos su pasión y profesión.
Ciertamente no estamos en aquellos tiempos de frontones y guillotinas -aunque Djandoubi quizá opinara otra cosa si su cabeza aún siguiera sobre sus hombros- en que le tocó vivir al bueno de Leblanc, pero compartimos aún con él ciertas manías de tiempos convulsos y poesía adolescente. La Ingeniería Química es una profesión tan plenamente integrada en el tejido empresarial de tantos países que una profesión más plenamente integrada no puede ser pensada. Este año 2008, sin ir más lejos, cumple la AIChE sus primeros cien años de vida, y no una vida cualquiera. Aquí, cien años después, muchos no tienen demasiado claro quiénes somos los ingenieros químicos, ni de dónde venimos, aunque sí tienen un pleno discernimiento de adónde no podemos ir. Aún somos, para muchos, ingenieros de segunda, químicos de tercera, o simplemente una ópera de Martín y Soler, un aborto de la genética universitaria, nada que merezca ni el polvo de unas sandalias.
Pero lo cierto es que nuestra ciencia merece la pena; y también la alegría: Hougen, Lydersen, Bird, Levenspiel, McCabe y tantos otros son buena muestra de lo que podemos llegar a dar. Somos harto versátiles, capaces de hacer muchas cosas; si algún apóstol hubiera sido ingeniero químico podría haberle dicho a Nuestro Señor que, si la sal se vuelve sosa, basta ácido clorhídrico para salarla.
Por eso, te digo a ti, sí, tú que lees esto, si aún estás pensando qué vas a estudiar, te invito a estudiar IQ. Aún somos pocos, pero condenadamente buenos; te lo dice la más pequeña gotita de la promoción de 2006. Sí, la vida es dura más allá de las faldas de esta santa casa, en esa tierra baldía que niega el bautismo a los hijos de las tórtolas en llamas. Aun así, te invito a iniciar esta aventura; después de todo, es un número indeterminado de veces mejor tener la nobleza de Leblanc que la del duque de Orleans.

Pablo Valdés Gallego,
ingeniero químico por la
Universidad de Oviedo
Oviedo

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