Nieve de altos vuelos en Felechosa

Una familia de turistas aficionados al esquí utiliza un parapente con motor en sus desplazamientos por el concejo

 
La familia Ortigueira, en un vuelo, durante el verano.
La familia Ortigueira, en un vuelo, durante el verano. camporro
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Felechosa (Aller),
Leoncio CAMPORRO

Descubrieron Felechosa hace años, llegaron a disfrutar del esquí en San Isidro y ahora no faltan a su cita invernal, a la que acuden acompañados por sus hijos, Aarón e Iván. Se trata de un matrimonio de Pontevedra, Fernando Ortigueira y María García, grandes aficionados al vuelo en parapente que no pasan desapercibidos en Aller ya que para desplazarse por el concejo utilizan un parapente con motor. Sus excursiones aéreas son el complemento al deporte de la nieve, motivo que les impulsa cada invierno a visitar Aller.

Fernando, empresario de 35 años de edad, hace incluso parte de los recados de la casa utilizando el parapente. Dice que es lo mejor para evitar «las caravanas y atascos» que suelen generarse en la carretera a la hora habitual en que los aficionados al esquí suben y bajan al puerto de San Isidro. Utiliza el parapente para ir a comprar el pan y los periódicos a Corigos por las mañanas. Luego, a la tarde, dado que su aparato va ayudado por un motor que le permite despegar y aterrizar en cualquier lugar, comparte la experiencia con todo el colectivo familiar y realiza algunos trayectos acompañado por su esposa y sus dos hijos. A todos les ha transmitido la afición, aunque lo normal es que cada uno vuele por separado. En su actual parapente, aunque permite cargas de 105 kilogramos, «no es aconsejable volar los cuatro a largas distancias».

Fernando comenzó a volar hace trece años con un parapente tradicional, en lo alto de las montañas, pero desde hace un tiempo se decantó por complementarlo con un motor. Desde entonces, las posibilidades tanto para el despegue, el aterrizaje o las distancias a recorrer son inmensas. Ahora puede permitirse el lujo de despegar a la puerta de casa, cubrir distancias de más de treinta kilómetros y aterrizar en el mismo punto del inicio sin ningún tipo de problema. «En invierno, cuando venimos a la nieve, el parapente viaja pegado a los esquís, y en verano, cuando recorremos la costa, lo empaquetamos junto a los bañadores», destaca.

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