Las Mazas (Morcín), J. A. O.
Un portavoz de la prisión alicantina de Fontcalent, en la que a Juan Rodríguez Romero apareció ahorcado el pasado lunes por la tarde, aseguró ayer, en declaraciones telefónicas a LA NUEVA ESPAÑA, que el recluso no estaba bajo un protocolo para evitar que se quitase la vida «porque no había nada que hiciera presagiar tal desenlace». Los análisis psiquiátricos no detectaron una pulsión suicida y, además, el comportamiento del morciniego en la cárcel era «normal», según indicaron las fuentes penitenciarias consultadas.
En principio, y de acuerdo a lo explicado por los responsables de la penitenciaria, el juez encargado del levantamiento habría pedido una autopsia antes de autorizar el traslado de los restos mortales a la región. El cadáver salió del recinto penitenciario, a bordo de un coche fúnebre de una empresa de la zona, a última hora de la tarde del lunes.
El hallazgo del cuerpo sin vida de Rodríguez Romero se produjo sobre las cuatro y media de la tarde, cuando los funcionarios iban a abrir las celdas para que salieran los internos recluidos en el módulo de oligofrénicos. Al llegar a la estancia del morciniego lo encontraron muerto por asfixia. Se había colgado de la ventana con la ayuda de un cable de una televisión. El centro penitenciario dio parte del fallecimiento para que se personaran en Fontcalent miembros de la comisión judicial, que examinaron el cadáver y ordenaron el levantamiento, y agentes de la Policía científica, que se encargaron de realizar un informe para el Juzgado. La comisión judicial determinó que el interno podía llevar muerto entre treinta minutos y una hora.
Juan Rodríguez residía con su madre en el domicilio familiar de Las Mazas cuando, el 17 de diciembre de 2006, protagonizó el brutal ataque por el que fue condenado a siete años y medio de internamiento, dos de ellos cumplidos, en previsión preventiva, en Villabona antes de ser internado en Alicante. Aquel fatídico día, había recibido un encargo de su madre para que se fuera a Riosa a hacer algunos recados, entre ellos comprar calmantes y carne para preparar el almuerzo. El morciniego bebió algo de alcohol, para después ir a comer a casa de una tía. De vuelta, a eso de las cuatro y media de la tarde, su madre le riñó por el retraso. Fue entonces cuando habría escuchado esas voces dentro de la cabeza que le ordenaban el ataque. Según declaró ante la juez de Mieres, pensaba que su madre no era tal, sino un demonio al que tenía que matar. Minutos después, se dio cuenta de la realidad de los hechos, por lo que decidió huir, asustado por la reacción que podrían tener sus hermanos, pero no tardó en ser detenido por la Guardia Civil.
Los peritos que declararon en el juicio informaron que Rodríguez sufría un trastorno mental y que podría haber tenido alucinaciones, por lo que fue condenado a siete años y medio en una cárcel psiquiátrica.