Moreda (Aller),
L. P. / P. G. R.
Tenía 46 años cuando la vida le jugó una mala pasada. Un coche lo arrolló en la Autovía Minera en diciembre de 2003 mientras estaba trabajando como capataz. Este accidente habría de costarle ambas piernas. Ahora, con 52, el allerano Ricardo Cordero Pando ha superado todos los obstáculos con los que se ha encontrado y recupera uno de sus viejos pasatiempos: la bicicleta.
Cuando ocurrió el trágico accidente, «pronto asumí la desgracia», apunta Cordero, «y me puse a buscar recursos y soluciones». Regresó a su casa de Agüeria con dos prótesis y muletas, donde de inmediato se puso a trabajar para adaptarla a sus nuevas necesidades. Gracias a su afición por la carpintería, construyó una rampa para poder acceder al interior de su hórreo, que convirtió con el tiempo en su taller de trabajo, donde abordó su primer objetivo: «Mejorar el molino harinero». Así, a fuerza de tesón y trabajo, fue como las aguas del río Negro volvieron a mover las muelas de piedra que trituran los granos de cereal. Pero haberlo logrado no era suficiente para Cordero. Él quería más; por eso se planteó el segundo reto: «Que la huerta que tenía alrededor de mi casa volviera a funcionar», comenta el protagonista. Verduras, hortalizas y plantas ornamentales comenzaron a crecer fuertes, como Cordero, en el jardín. «De vez en cuando vienen chavales y turistas a los que les enseño la huerta y el molín», explica.
Tras seis años en los que su vida se vio obligada a dar un giro de 180 grados, Ricardo Cordero se plantea otro reto; esta vez, se trata de recuperar una pasión perdida como era pasear en bicicleta. Ayudado por el club cicloturista Los Esbardinos -especialmente por Bernardino Rodríguez y Manuel Castañón-, Ricardo se subió a la bicicleta el pasado lunes. Y realizó otro sueño más. No sólo cubrió la distancia que en principio estaba prevista, de Moreda a La Pereda, sino que con su coraje también realizó el camino de vuelta, unos 46 kilómetros. «Paramos a tomar unos tragos de agua y comer un poco. Fue mi primera salida larga; pero sin el arrope de Manolo y Lalo no hubiera sido posible», relata Ricardo mientras piensa en su próximo destino.