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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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RICARDO V. MONTOTO Vale. La tecnología puede hacernos la vida más fácil y todo eso. Pero también es fastidiosa. Por ejemplo: a día de hoy, desconozco el 90 por ciento de las funciones de mi teléfono móvil. Pagué por ellas, pero soy incapaz de utilizarlas, ni tan siquiera sé para qué sirven. Pero lo que hoy me inspira son los sensores instalados en los cuartos de baño de muchos locales públicos.
La teoría es buena: esos chirimbolos, hábilmente conectados, determinan si hay alguien haciendo uso de la instalación y, consecuentemente, activan la iluminación y el agua o no. Pero la realidad es bien distinta. El sensor que debe soltar el agua a la conclusión resulta que lo hace cuando estás en plena faena, con el consiguiente riesgo de desbordamiento. El detector del grifo no se entera de que estás allí hasta que te has marchado sin lavarte -nada más salir por la puerta, se oye el agua correr-. Ya puedes pasarte la mañana moviendo las manos bajo el grifo, como si estuvieras haciendo juegos de magia, que no verás una gota de agua.
Pero el colmo del despropósito tecnológico es lo de la luz. Se supone que un leve movimiento debería ser suficiente para que el sistema de detección ordenara el encendido de la iluminación. Pues no es así.
Yo estoy harto de evacuar agitando los brazos y las piernas como si pisara sobre brasas, y nada de nada. Además de temer calarme hasta los huesos porque cae agua a cántaros cuando aún no he terminado, a media labor se queda uno a oscuras. Imposible salir indemne.
El otro día, un café mañanero tomado a la carrera me causó un estrago intestinal que requería solución inmediata. Allá fui con determinación. Las luces se encendieron automáticamente. «Mal asunto» -pensé. El cubículo carecía de pestillo, pero era tal la urgencia que no había tiempo de ponerse a comprobar los demás cierres. Procedí y, entonces, se apagó la luz. Acto seguido, se activó la cisterna.
Y un servidor, a ciegas, practicando la postura del egipcio; una mano adelante sujetando la puerta y la otra, atrás, buscando el rollo de papel, hasta que alguien entró y se activó la iluminación. ¡Con lo fácil que era antaño!
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