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Dando la lata

De frente

n El apretón de manos como compromiso desapareció

 
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De frente
De frente  

RICARDO V. MONTOTO Recientemente celebramos en Madrid el 25 aniversario de mi promoción de bachillerato. Fue algo verdaderamente emotivo. Y, de paso, acabé con las dudas acerca sobre mi alarmante falta de memoria. Los más de cien reunidos allí estábamos igual, salvo dos o tres excepciones.

Pero a lo que iba. La reacción general al saber que yo vivo en Asturias fue: «Qué suerte tienes, qué bien se vive allí y qué gente tan noble».

Compañeros desperdigados por casi toda España se quejan de la dificultad de trato con los demás, la sonrisa a la cara y la puñalada trapera por la espalda, la falsedad. Sin embargo, de los asturianos tienen la imagen de gente transparente, sincera, que va de frente.

Lo cierto es que guardé silencio. Es posible que en el pasado los asturianos fueran así, pero a día de hoy tengo la impresión de que de todo eso tan guapo, nanai.

Cabe la posibilidad de que se trate de un efecto indeseado de la globalización, pero por estos lares hay tantos fuinos, cobardetes que jamás dan la cara, chismosos, cotillas y falsos como en cualquier otro lugar. Con lo que nosotros hemos dicho de los cazurros, que si son tal o cual, que no te puedes fiar ni un pelo, que nunca sabes lo que están pensando y resulta que aquí somos iguales. O peores. Los que van de frente, a las claras, son cuatro gatos. ¡Y vaya si se agradece toparlos!

El día a día está lleno de miradas huidizas, mensajes entre líneas, eso tan nuestro de «yo no digo nada» pero que siempre deja caer algo, de dobles sentidos, de ocultas intenciones. Con lo fácil y sano que sería comportarnos con naturalidad, llamando a las cosas por su nombre, diciendo lo que se siente y sintiendo lo que se hace.

Siempre fuimos reconocidos por nuestra nobleza, por ese modo, incluso un tanto brusco, de ir por la vida sin dobleces. Pero ya no somos así. Ahora nos movemos inducidos por chismorreos, rumores y bastante mala intención. Y pocas veces damos la cara. El apretón de manos como garantía de compromiso desapareció. Si alguna vez fuimos un pueblo sincero y transparente, lo perdimos por el camino.

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