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Dando la lata

Lenguaje casero

n Los «palabros» a fuerza de repetirlos salen sin querer

 
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Lenguaje casero
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RICARDO V. MONTOTO Mi madre iba a una modista para la que las prendas, en vez de estilizar, «esterilizaban». Desde entonces, en mi familia cuando algo nos queda bien decimos que nos esteriliza.

También teníamos una pariente a la que ciertas situaciones provocaban «incomodación». Inmediatamente, el término pasó a formar parte del lenguaje familiar. Siendo pequeño, de viaje por Andalucía, nos perdimos. Mi padre detuvo el coche en la plaza de un pueblecito de paredes encaladas y le preguntó al único paisano a la vista. «Ciga de frente y en la ceñá de estor, pa la derecha y to recto», indicó aquel hombre. Desde entonces nunca nos detenemos en un stop. Lo nuestro es el «estor». Y no nos sale nada mal, por cierto. Tiempo después, otro indicador humano nos invitó a parar en un «estof», pero no nos caló tan hondo como lo del «estor».

El problema radica en que estos «palabros» que a lo tonto incorporamos al lenguaje casero, a fuerza de repetirlos acaban saliendo sin quererlo. Hace unos días, probándome un traje en unos grandes almacenes, plantado ante el espejo, no se me ocurrió mejor cosa que preguntarle a la dependienta si el conjunto me esterilizaba. A ella se le pusieron los ojos como platos, pero aún tuvo capacidad de reacción para responder: «Sí, y además le queda muy bien».

Aun peor fue lo sucedido durante un juicio por un accidente de tráfico. Ya tenía al acusado contra las cuerdas, echando abajo su versión a base de agudas preguntas, cuando presa de la emoción del momento le espeté: «Diga si es cierto que no se detuvo en el estor». «Jamás me he detenido en un estor», contestó impertérrito el acusado. «Y yo tampoco», añadió la juez, que me observaba con expresión de pasmo. El fiscal, con el movimiento de cabeza, también me hizo ver que él tampoco tenía costumbre de detenerse en un «estor». Qué vergüenza, menudo sofocón. Entre el calor de la toga y la metedura de pata, rompí a sudar aparatosamente. El resto del juicio se me hizo eterno. Era incapaz de quitármelo de la cocorota. «Pero cómo se te ocurre decir "esto"», cacho gilipollas», me reprendí a mí mismo. Menuda «incomodación».

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