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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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RICARDO V. MONTOTO Los más sagaces se habrán percatado de que ya casi no escribo sobre política. Es que el tema me aburre soberanamente. Fíjense que en Mieres estos días todo el lío ha estado concentrado en el «excelente» plantón de la Universidad a nuestro alcalde, algo que tiene más pinta de fallo de comunicación que de menosprecio.
Sin embargo, vaya movidón se ha querido montar aquí, que cuando nos da por hacernos los ofendidos lo teatralizamos que da gusto. Hay que ver lo que da de sí una minucia cuando en este concejo tenemos pendientes de resolución un buen saco de problemas a los que nadie parece hacer caso. Y, para rematar, con la convicción de que la mayoría absoluta socialista está garantizada «in sécula seculórum» gracias a la surrealista situación del Partido Popular mierense.
A nivel comarcal, ¡aún seguimos a vueltas con el carbón! Esto es el cuento de nunca acabar. Más de treinta años estancados en el mismo punto, asegurando que los pozos sólo se cerrarían pasando sobre los cadáveres de unos cuantos que aún siguen vivitos y coleando para posteriormente anegarlos y sellarlos definitivamente y ahora, como en aquello del día de la marmota, volvemos al punto de partida, que si el carbón sí, que si el carbón no. Madre del alma, qué pérdida de tiempo. Una pila de años dando bandazos, desnortados, para encontrarnos en la actualidad donde estamos: sin saber qué hacer.
Y el plano regional es del todo descorazonador. Calma chicha tan sólo alterada por los breves episodios de rebeldía de Izquierda Unida, más de cara a la galería que otra cosa y por el runrún de la posible sucesión de Tini. Pero los que pensaron que un gigantesco marronazo como el sobrecoste de El Musel a la fuerza debería suponer la sepultura del Gobierno regional, se equivocaron. Aquí no pasa nada. Las grandes obras públicas asturianas terminan costándonos a todos muchísimo más dinero del presupuestado y por no dar, no se dan ni explicaciones. Y, mientras, los asturianos estamos a lo que nos digan, que es ver, oír y callar.
En consecuencia, se genera un clima que conduce al hastío, al aburrimiento y al convencimiento de que no tenemos remedio.
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