CARLOS CUESTA
PERIODISTA
Es el postre por excelencia elaborado en las casas rurales, de ahí casadiella, de estos valles cargados de razón reivindicativa y nobleza laboral. Desde época lejana, este producto tradicional forma parte del elenco repostero de la doméstica sede y siempre que había alguna celebración destacada les casadielles eran base indiscutible para cerrar un buen condumio.
En todos los pueblos y aldeas de la zona central, el dulce por antonomasia tenía un nombre: casadiella. Una especie de empanadilla hecha con harina de trigo, antaño se utilizaba la de maíz y escanda, un golpe de mantequilla, rellena de un engrudo formado por diferentes ingredientes como nuez y avellana molidas, azúcar, vino blanco, anís y un poco de agua. El relleno en cuestión es el que realizaba mi querida madre que en causas cocineras era exigente, rigurosa y conocía el terreno repostero a la perfección. Toda una herencia del gineceo anterior que era quien dominaba en el llar casero. Las mujeres y, especialmente, las madres vivían por y para la cocina y en ese rincón del hogar se gestionaba todos los días el cocido nutricional, las sopas restauradoras y la repostería dominical, donde les casadielles -en invierno- tenían una función social y animosa.
Este bocado tan nuestro y santo y seña de lo bueno y típico que se elabora en estos entornos bañados por el Nalón y el Caudal es parte y arte de la legendaria cocina-repostería doméstica que tanta fama y prestigio ha dado a Asturias. Toda una aportación histórica de aquí a la estupenda dulcería de la región. Y precisamente, estos días por San Antón el Llaconeru, les casadielles hicieron acto de presencia en La Foz de Morcín como exaltación y concurso para la promoción de un dulce rural con marchamo de categoría repostera. Casi una treintena de preparados dulceros se exhibieron para competir, en buena lid, en presencia, textura, color y sabor. Pura artesanía de la doméstica sede para satisfacción de un jurado que encontró ciertas dificultades para decidir la mejor casadiella, pues todas las que se presentaron al certamen procedían de manos femeninas y estaban realizadas como mandan los cánones de la repostería casera. Fritas, las más, y de hojaldre y al horno, las menos, demostraron ante la mesa, los ojos y el paladar del jurado la calidad de un postre preñado de sabiduría, tradición y fuerza emotiva. Así es la casadiella, amiga de sus amigos, sabrosa siempre que cumpla con los ingredientes exigidos y, por supuesto, bien frita al aceite de oliva y dorada. Y no pasarse en toques aromáticos excesivos. El relleno de nuez y avellana, al alimón, le da al engrudo equilibrio organoléptico y sabor adecuado. Hay madres y reposteras que sólo emplean nuez, generalmente las del Caudal, y en el Nalón, el alto sobre todo, suelen utilizar la mezcla de esos frutos secos. Al final el resultado es muy parecido. Yo me quedo con el relleno mixto, me resulta más agradable al paladar y me trae recuerdos y evocaciones de un tiempo de verdadera amistad y convivencia, donde el llar o la cocina de carbón significaba el santuario revelador de historias cotidianas y ambiente familiar. Y La Foz de Morcín, de la mano indispensable de la Hermandad de La Probe y de la Cofradía del Queso de Afuega'l Pitu, junto con el apoyo municipal, ha elogiado a la casadiella con estilo y altura de miras. Un detalle a tener en cuenta por esos amigos que gustan de lo tradicional y siguen manteniendo ese halo de entusiasmo y ánimo para el mantenimiento y la recuperación de tradiciones seculares. Y les casadielles triunfaron por su exquisito sabor y estética en la presentación y dejaron un rastro oloroso de entendimiento y amor por lo sencillo. Mañana le encomendaré a Teresa Villazón, cocinera y repostera de altos vuelos, que me prepare casadielles a su estilo. Son bocados de pasión, ambrosías para pensar, pasteles de ensueño, dulces de verdad?