CARLOS BARROS
DIRECTOR DE RADIO PARPAYUELA
Siempre pensé que aquella conversación no fue baladí. Hace muchísimos años que la mantuve con un amigo que me aventajaba en años de rodaje y conocimiento mundano y donde me gustaba mirarme quizá para parecerme en un futuro, e ignoro si discutíamos sobre un caso de realidad o sólo era ficción, pero créanme, eso, a día de hoy, es lo de menos.
Él defendía la teoría de que una determinada «tribu» seleccionase a sus hijos, dejando el porcentaje adecuado de niñas para la procreación y el cuidado de los hijos. Allí, decía, lo que se necesitan son niños, ellos son cazadores, valientes y más fuertes, y las chicas?, con una de cada cuatro es suficiente.
Mis argumentos, giraban en torno a que tal selección me parecía una aberración primitiva y que cada uno de nosotros teníamos el compromiso moral para ir allí y decirles que las cosas podían ser de otra manera.
Me contestaba diciendo que quién era yo para inmiscuirme en su vida y con qué derecho lo hacía, yo replicaba que no tenía otras, más que la lógica y la racionalidad, y así seguimos largo tiempo.
Y aunque el resto de la conversación se diluye borrosa en el tiempo, sí recuerdo que asimilé precipitadamente una de mis primeras lecciones de juventud con cierta desilusión, y es que no hay nada que dañe más a la izquierda que la progresía mal entendida, la cual te conduce por caminos confusos y en ocasiones irreparables.
Y miren que siento comenzar el año discrepando con muchos de mis amigos y conocidos, con los que comparto, de alguna forma, compromiso social, pero no me dan otra opción.
Les cuento. Con el punto limitado de observador con que la naturaleza me ha dotado, me he fijado que en las tertulias y debates, la cuestión que más divide a tirios y troyanos, incluso entre sí mismos, no es si ZP o Rajoy, ni la crisis económica, ni la educación laica, ni las declaraciones de algunos curas de Mieres, obispos vascos o príncipes de la Iglesia. No, amigos no, sorpréndanse, ¡son los toros!, hay que joderse.
E, inmediatamente después, pensé que algo debía de estar fallando, puesto que nació en mí una disyuntiva que se dividía entre dos dilemas, uno, si sería capaz de llegar a conocer la salida a la discusión, y dos, el mero hecho de si de verdad quería hacerlo.
No sé si mi subjetividad condiciona mi opinión, mejor juzguen ustedes, últimamente no estoy seguro de nada. Digo esto porque siempre he tenido una repulsión atroz a la sangre. La verdad, no sé si llega a la hematofobia como dicen los entendidos, pero vamos, que no saben cuánto comprendo al doctor Mateo cuando decidió abandonar el Hospital Monte Sinaí de New York para venirse a Llanes.
Y de verdad que desconozco su origen, a mí me gusta creer que es parte de la información genética que llevo impresa y como nadie, a día de hoy, me ha hecho una regresión hipnótica, pues eso.
Usted mismo que está leyendo tendrá sus manías, digo yo, y no me engañe, el otro día sin ir más lejos me reuní con dos personas que tenían aversión al queso y ninguno de ellos supo decir por qué.
Con esto intento explicar que me siento un poco coartado para hablar sobre la ¿fiesta nacional?, lo pongo entre interrogaciones, porque quiero que conste que nunca ha sido la mía.
Y es que me resultó extraño que personas que me pasan, siempre teóricamente, por la izquierda, defendiesen con más vehemencia que yo pongo en las discusiones, los toros.
La gente no deja de sorprenderme, compartes con ellos lo que considero es una serie variopinta de principios, y de repente te salen por peteneras, y ya no les digo nada cuando terceros, no invitados, argumentan que quieren verme defender con tanto ímpetu a los pollos, esos que a miles viven hacinados en granjas sin más espera que convertirse en sopa de menudillos, me dicen.
Que sí, que de acuerdo, he de reconocer que no soy vegetariano y quizá por ello no sea un talibán en la defensa de todos los animales. Por cierto, es algo que tendré que plantearme un día de éstos. Ah, en este sentido no tengo que pedirles a ustedes que me lo recuerden, lo de vegetariano digo, ya lo hacen ellos?, tristemente, utilizan argumentos tan peregrinos como éste.
Es posible que mis razones sean pobres y escasas, no sé, sólo les digo que me produce un intrínseco y profundo rechazo el festejo de la sangre y de la muerte.
Las de mis oponentes, en cambio, son muchas y grandilocuentes, vida privilegiada, posibilidad de defenderse, muerte digna, ritual, estética, arte, valor, cultura?, casi nada.
Por cierto, que alguien me informe, por favor, y me diga a qué edad dejan entrar a los niños, creo que Marichalar lo llevó con 9, pero perdón, perdón, he vuelto a equivocarme, la cultura no debe tener limitaciones y ésta debe llegar cuanto antes a los pequeños, ¿no es así?
Qué le voy a hacer, ver a un animal desangrarse por la boca, sin poder respirar entre estertores y la gente alrededor dando vítores celebrando su agonía me produce un intrínseco y profundo rechazo.
El súmmum llegó cuando mi interlocutor hizo suyas las palabras acuñadas por los chicos bien de las clases burguesas y privilegiadas de Francia en mayo del 68, las famosas prohibido prohibir, les juro que en ese instante pasó por mi cabeza la idea de abandonar.
Nos hacen falta educadores. Yo, entre que nunca he tenido la vocación y que comienzan a fallarme las fuerzas, estoy, de verdad, perdiendo las ganas. Pobres progresías, hay ocasiones que os dejan en manos de cada intérprete que...