GRACIANO GARCÍA DIRECTOR EMÉRITO DE LA FUNDACIÓN PRÍNCIPE DE ASTURIAS
La vida nos regala muchos días sorpresas extraordinarias que la hacen aún más apasionante y hermosa. Un buen ejemplo de esas sorpresas es que estoy, después de muchos años, de nuevo aquí, cerca de este centenario y simbólico texu, junto al Cristo del Amparo, precisamente en este día de la fiesta de San Blas, para recibir el título de «Allerano del año», que con tanta generosidad me habéis concedido, que tanta ilusión me hace y que os agradezco de todo corazón.
Explico mi sorpresa: llegué aquí por primera vez hace muchos años, siendo un niño, para asistir precisamente a esta misma fiesta. Nos trajo la abuela de un amigo desde Moreda, mi pueblo. Vinimos en el tren, y nunca he olvidado lo sorprendente que resultó ver que sus vías acababan aquí, ante un muro pegado a la montaña, pues yo creía que no tenía fin, que continuaban hacia otras tierras lejanas y hacia otros cielos nuevos. Recuerdo también que quedé admirado al contemplar, nada más salir de la estación, el agua pura del río, que corría veloz y que se convertía en verde esmeralda cuando se remansaba bajo el puente; unas aguas cristalinas, tan distintas de las que pasaban por mi pueblo, ennegrecidas por el carbón. Cuando llegué a Collanzo me pareció que había descubierto un rincón del paraíso, un lugar mágico, un pueblo limpio, en calma, de luz transparente, rodeado de una naturaleza especialmente bella.
Por ello regreso hoy agradecido, con aquellos recuerdos de mi infancia, con el mismo espíritu de aquel niño que fue, con la capacidad intacta de sorprenderme y de maravillarme, de dar gracias a Dios porque habéis querido conservar, como el tesoro que es vuestra naturaleza, y por vuestra generosidad hacia mí.
Me siento orgulloso, además, de formar parte de un cuadro de honor de galardonados con esta misma distinción en el que figuran personas y entidades a las que siempre he admirado por su tarea ejemplar. Quiero, al mismo tiempo, darle la enhorabuena a Aquilino Suárez, que recibe el premio de «Vecino ejemplar» por haber sido un maestro ejemplar, como las inolvidables maestras y maestros de mi infancia en Moreda. Ellos y ellas dejaron en mí una huella imborrable, pues me inculcaron ideales que han sido el norte de mi vida. Me alentaron a ser fiel a valores tan esenciales como la austeridad, la disciplina, el hacer honor a la palabra dada, el sacrificio y la compasión. Me alentaron a amar lo que nos dignifica y nos hace verdaderamente libres: la cultura, el estudio permanente, el entendimiento y la concordia entre todos. Tengo contraída una muy sentida deuda de gratitud con todos ellos, pues esas inolvidables enseñanzas es imprescindible llevarlas bien grabadas siempre en el alma, y más aún en estos tiempos de crisis en los que, como diría Miguel de Unamuno, sobra en el mundo codicia y faltan proyectos ilusionantes y altos sueños.
A lo largo de mi vida como director de la Fundación Príncipe de Asturias he tenido el privilegio de conocer a algunos de los más grandes artistas, políticos, científicos... Personalidades que han sido claves en la historia de nuestro tiempo, como Severo Ochoa, Gorbachov, Bill Gates, Woody Allen o Arafat, por citar sólo a algunos. Pero os aseguro que donde mejor y más a gusto me siento es aquí, con vosotros, con la gente de mi concejo de Aller, en mi casa, en el lugar que me vio nacer y que nunca olvido, pues lo llevo siempre en lo más hondo de mi corazón.
Me siento feliz de estar aquí, con mi gente. Habéis heredado de vuestros antepasados, como yo, el amor por la tierra y la esperanza en el ser humano y en su futuro. Dos sentimientos que me han alentado a trabajar con infatigable ilusión y hacer mi camino creyendo que es posible un mundo mejor, con esperanza en la paz y el progreso para todos, creyendo en la luz aún antes de que despunte el alba, como en una ocasión dijo el Príncipe de Asturias en uno de sus hermosos discursos en Oviedo con motivo de la entrega de sus premios.