Mieres del Camino,
David MONTAÑÉS
Sonaban disparos, su sobrino estaba tendido el suelo con un proyectil en la cabeza y sus dos hijos pequeños acababan de esconderse en interior de la furgoneta. No había tiempo para decidir: socorría a su familiar enfrentándose al agresor o ponía a salvo a los pequeños. José Gabarre se vio en esa situación el martes de la pasada semana, en Ujo, cuando los hermanos José y Carlos Vargas, en compañía de su padre, irrumpieron en un cumpleaños de la familia Ferreduela y se liaron a tiros, causando dos víctimas mortales. Pudieron ser perfectamente tres, ya que José Gabarre salvó la vida de milagro. «Al final me metí en la furgoneta para sacar de allí a mis hijos y Carlos Vargas se puso a la altura de la ventanilla, me miró a los ojos, me apuntó con la pistola y me dijo, 'hasta luego' y '¡booom!'», relató a LA NUEVA ESPAÑA. La bala le dio en la zona izquierda del pecho y de manera caprichosa acabó junto a la clavícula derecha sin afectar a órganos vitales. Un golpe de suerte al que le siguió otro. «Al ver que seguía vivo, volvió a apretar el gatillo, pero la pistola no funcionó y cuando intentó solucionar el problema arranqué la furgoneta y me fui». Gabarre recibió el lunes el alta hospitalaria y ya se encuentra junto a su familia. Los Ferreduela intentan, una semana después de la sangrienta reyerta gitana de Ujo, buscar una explicación, pero no hay consuelo. Sienten rabia, impotencia y angustia.
Carlos Vargas, de 38 años de edad, asumió el pasado viernes ante la juez que instruye el caso la autoría de los disparos que acabaron con la vida de David y Juan Ferreduela, de 25 y 44 años de edad. Junto a su hermano mayor, de 40 años, está acusado de homicidio. Su padre, con el comparte nombre, también ha sido encarcelado, en este caso, imputado por varios delitos de lesiones. La familia de las víctimas confía ahora en que la justicia haga su trabajo, pero, de mano, se sienten defraudados por los cargos. Quieren que los Vargas sean juzgados por asesinato, ya que sostienen que actuaron con «premeditación y buscando causar muertes». Es más, afirman que el patriarca, de 63 años, fue el «instigador».
José Gabarre hizo ayer un esfuerzo físico y emocional para revivir lo sucedido durante el fatídico cumpleaños. Según recogen las diligencias, el conflicto surgió durante la celebración del cumpleaños de una de las hijas de Juan Ferreduela, una joven que se recupera de una grave enfermedad. Los hermanos Vargas, supuestamente a requerimiento de su padre, acudieron al área recreativa donde se celebrara el festejo para exigir su suspensión alegando que ellos estaban de luto por la muerte de su madre. Tras mostrarse inflexibles en su demanda, se fueron y regresaron pocos minutos después, ya armados. «Estábamos ya recogiendo para marcharnos cuando vimos a los dos hermanos regresar armados con pistolas, de lejos los vimos desenfundar las armas y yo me apresuré a meter a mis hijos en la furgoneta». Mientras intentaba poner a salvo a los pequeños escuchó los primeros disparos, se volvió y vio a su sobrino, David Ferreduela, tendido en el suelo, sangrando por la cabeza. «Reconocí a mi sobrinín y quise ayudarlo, pero Carlos se volvió hacia nosotros y tuve que meterme en la furgoneta para escapar». Mientras intentaba arrancar, el presunto homicida se acercó y fue entonces cuando acontecieron los hechos ya narrados. «Cuando me disparó no pude intentar esquivar la bala, ya que tenía a mi hijo en el otro asiento y temí que la bala pudiera darle a él». Mientras Gabarre revivía ayer estos dramáticos momentos, otros familiares, que también se encontraban en Ujo en el momento de la reyerta ampliaban su testimonio: «Carlos disparó contra todos, contra niños y mujeres, pudo ser una auténtica masacre».
El presunto homicida, por su parte, aseguró ante la juez que se «asustó» al ver que los Ferreduela estaban pegando a su padre y su hermano y comenzó a disparar «al bulto». Los familiares de los dos fallecidos sostienen que José Vargas, el mayor de los hermanos, también tenía un pistola. «Lo que sucede es que nos echamos encima de él y le golpeamos hasta desarmarle; no pudo disparar», afirman.
Carlos Vargas es gran aficionado a la caza. Está federado en la disciplina de tiro olímpico. Es un experto tirador. «Sabía lo que hacía y actuó con total premeditación y frialdad, no le preocupó que el área recreativa estuviera llena de niños», señalan los testigos de la familia Ferreduela.
José Gabarre asegura que ni él ni su familia han tenido nunca un problema con los Vargas. «Personalmente no tenía relación con ellos, los conocía poco más que de vista», señala Gabarre, cuyo segundo apellido es Vargas. «Somos algo familia, pero lejana, no sabría precisar hasta qué grado». Gabarre señala que, más que por él, tuvo miedo por sus hijos: «Hay cosas que no se pueden explicar, hay que vivirlo para saber lo que se siente cuando te atacan de una manera tan salvaje y desmedida», apunta con los ojos humedecidos.
Según los testigos, tanto Juan como David Ferreduela, tras recibir el primer balazo, fueron «rematados» en el suelo. La familia Ferreduela se esfuerza por digerir la salvaje agresión que han sufrido, pero se revelan cuando escuchan que los Vargas serán, en principio, juzgados por homicidio: «Si lo sucedido no es una asesinato, no sabemos ya qué lo es», señalan. Su estado de ánimo parece una montaña rusa. Pasan por el dolor, la ira, la resignación y el desconsuelo mientras intentan articular las frases: «Todos nos conocen en Mieres, saben quienes somos, no entendemos porque los Vargas nos han hecho esto, nunca tuvimos ningún roce con ellos», señala la familia.
A los Ferreduela ya únicamente les queda el consuelo que conlleva la acción judicial. Su abogado, Emilio Matanza, sostiene que hay «suficientes pruebas» para imputar a los Vargas el cargo de asesinato. A la espera de que el caso avance, esta familia gitana también reclama ayuda al resto de la sociedad. Quieren proteger a sus niños, ya que sienten que los daños emocionales pueden tener consecuencias en su desarrollo: «Han visto como eran asesinados ante ellos sus familiares, unos han perdido un padre, otros un tío, otros un hermano, están sufriendo». El pastor evangélico Narciso Ferreduela, padre y hermano de los dos fallecidos, lamenta con cierta resignación que las administración no hayan ofrecido apoyo psicológico para los menores. «Pienso que el caso lo requería». De momento, los miembros de la familia Ferreduela se intentan cuidar unos a otros, haciendo piña, para dejar de escuchar los disparos de Ujo.