El termómetro

El trabajo

18.05.2008 | 00:00
El trabajo
El trabajo

El trabayu encementólo el Demoniu, solía decir una mujer que trabajaba en casa de mi padre, y debía de tener razón. No se explica, si no, que haya tanta gente que echa pestes por un empleo al que, sin embargo, se aferra con las veinte uñas.

Recuerdo que los directivos de una empresa afincada recientemente en Siero estaban asustados con la mentalidad local. Venían de otros lugares con mucha movilidad laboral, en los que la gente echaba un año o dos en un empleo y saltaba a otro, y se encontraron con que la mayoría de los empleados de aquí habían llegado a la empresa para quedarse y, en consecuencia, exigían mejores condiciones. No les hizo ninguna gracia.


Cabe preguntarse si es razonable la pretensión de convertirse en un currante sólido en este mundo líquido que propugnan los teóricos del nuevo siglo. Hace unas semanas, Antonio Blanco se mostraba, en este periódico, optimista respecto al futuro de Asturias, donde hay un tejido industrial que puede sostener la economía al margen de la sempiterna cosa pública. Yo también lo soy en parte. Porque aunque la mayoría aspira a ganar la bonoloto y dedicarse a la vida contemplativa, también es cierto que hay mucha gente dispuesta a echarse un negocio sobre los hombros.


Incluso si ese negocio es turbio. Siempre me pregunto qué hay en la cabeza de la gente que monta bandas con «estructura piramidal» como esa que detuvo hace poco la Policía Nacional de Siero, que se dedicaba a falsificar nóminas para comprar de todo en los centros comerciales. Porque una cosa es el típico caco, normalmente enganchado a algo, que da palos aquí y allá. Pero es que esto lleva su curro. Hay que montar una estructura. Aquí uno se porta mal y hace daño gracias al sudor de su frente. Y digo yo, ¿tanto esfuerzo y tanta planificación no se podrían dedicar a algo lícito? Al menos a algo legal, como vender armas a los países pobres o algo así.


En fin, por otra parte, creo que la Pola y Lugones van a tener suerte. Lo más probable es que las bandas organizadas no elijan sus establecimientos para delinquir. No hay aparcamiento.

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