De Casa Pancho a Casa Colo (recordando a Nicolás González Cueto)

 
De Casa Pancho a Casa Colo    (recordando a Nicolás González Cueto)
De Casa Pancho a Casa Colo (recordando a Nicolás González Cueto) 

LEOCADIO REDONDO ESPINA Seguía por la radio el Sporting B-Oviedo cuando el locutor, cortando de repente la retransmisión, anunció: «Acaban de llamar. Murió Colo, el de casa Colo, de Ceceda».



Eran las ocho de la tarde del domingo 3 de febrero y de todo lo que siguió informó cumplidamente la prensa en días siguientes.



Pero hagamos un poco de historia.

Su padre, Francisco González, natural de Belmonte de Miranda, había emigrado a Cuba a los l4 años. Realizó el trayecto Gijón-La Habana-Santiago de Cuba para encontrarse, al llegar, con que el pariente que lo había reclamado había fallecido, por lo que hubo de buscarse la vida como buenamente pudo, recalando finalmente en La Habana, donde se empleó como chófer. La madre, Amparo Cueto, de familia escabechera, se trasladó a la isla siendo ya una mujer hecha y derecha, pues contaba 28 años, dedicándose, cuando llegó, a la tarea de cuidar niños en la capital.



Y así, en la lejana Habana de los primeros años treinta del pasado siglo, terminarían conociéndose y contrayendo después matrimonio, un belmontín y una naveta de Ceceda. Ya casados, los González-Cueto deciden abandonar el Caribe. Vuelven a Ceceda y encargan (a los Nozaleda) la construcción de un edificio de sótano, bajo y planta. Ésta sería la vivienda familiar, instalando, en el bajo, el negocio a partir de entonces conocido como casa Pancho.


Y fueron naciendo los hijos, todos varones; Gerardo, Nicolás (Colo), y Francisco (Tito), el cual nos comenta que su padre, que siempre conservó la entonación y maneras de Cuba, utilizaba el ustedes para dirigirse a ellos.



Allá por los sesenta el bar de Pancho contaba con una bolera muy acogedora y encontradiza, ubicada a la izquierda del edificio y paralela al carreterín a Carancos, del que le separaba un muro alto de piedra, que la cerraba por su costado norte. Como estaba en un plano inferior en relación con la calle y el bar, desde la calle se accedía por una puerta estrecha, con verja de hierro, y desde el bar bajando una pequeña escalera, en cuya proximidad se encontraba el tiru (sentido oeste), estando el castru en dirección Carancos (sentido este). El recinto, en su lateral sur, estaba cerrado por un seto de árboles de diversa especie, por lo que, en todo tiempo, se gozaba de sombra placentera. Había, además, un banco corrido de madera, para sentarse a seguir las partidas.



Si la bolera tenía éxito, la que estaba siempre llena era la sala, o el salón. Recuerdo: domingo, media tarde, el sol entrando por los ventanales, el suelo de madera y el rumor de los componentes de las diversas partidas que abarrotaban las mesas. Además, en un local alargado, a la derecha del edificio, paralelo a la fachada y con entrada independiente, tenía Pancho una tienda mixta.



Había en el bar, tras el mostrador, en lugar bien visible, alguna foto del Club Ceceda de los primeros cincuenta, que jugaba sus partidos en Sotu, y en las que aparecían, entre otros, Gerardo, que era portero, y Julio Garro, tocado con boina. Y, también, una insignia del club, pintada sobre madera. Precisamente me apuntó Gerardo lo atípico de aquel equipo, pues sus componentes eran, además, socios cotizantes. Dice Gerardo que jugaban, con él, entre otros, Alfonso Rivaya, Enrique Carlos, Pepín el de la Cuesta, el ya citado Julio Garro, y Felipe, veterano medio centro de Infiesto, que reforzaba el conjunto, y tiene memoria de dos directivos; José Antonio Blanco, de Ali, y José Antonio González, el maestro.


Recuerdo a Colo, como deportista, vistiendo la camisola rojiblanca de la Deportiva, en el campo de Pialla, con el 3 de defensa izquierdo a la espalda. En la época, años cincuenta arriba, los futbolistas se cambiaban en el vetusto caserón conocido como la «cárcel», y, desde allí, cruzando la calle y por el puente sobre el Piloña, accedían al hermoso terreno de juego. Luego, al terminar, solían bañarse en el río, junto al puente, ayudando los críos en la faena de llevarles las botas, etcétera.


Si bien la mayor parte de su trayectoria estuvo ligada al conjunto piloñés, me apunta oportuno mi amigo Miguel Ángel Menéndez que Colo comenzó, siendo muy joven, jugando en el Europa de Nava, y como extremo derecho. Eran sus compañeros, entonces, Seguí, Ferino «el manegueru», José Luis el de Castañera, Javier Redondo, Hugo Piquero y el propio Miguel Ángel, entre otros. «¿Presidente? Ramón Bárzana. ¿Entrenador? Ocasionalmente, se ocupaba de nosotros Jaime Redondo».



También tuvo Colo negocio de madera, que se desarrollaba en el sótano de la casa y alrededores, y hay que decir que el citado sótano o bajo se proyectaron también películas durante algún tiempo.



Nicolás contrajo matrimonio en 1961 con una piloñesa nacida en Madrid, María Dolores Sánchez Oro (Lolina), y en 1972 la pareja se haría cargo del negocio familiar, casa Pancho, rehabilitándolo como restaurante (casa Colo).



Los filetes al queso, el repollo relleno, las berenjenas rellenas en salsa de almendras, las croquetas, los pimientos rellenos... «Yo me muevo en una cocina de tradición, pero, eso sí, dándole un toque de inventiva y de personalidad», decía Lolina en 1997. Pero no voy a referirme al bien merecido prestigio que se ha ganado el restaurante, pues eso lo hace mejor la crítica especializada, y lo confirma su fiel clientela.



Colo era, a mi entender, un hombre sólido, de apariencia pausada, discreto, más contenido, y acaso algo zumbón, que efusivo, que resolvía los asuntos con una media sonrisa. Era sagrado, para él, acudir al Tartiere en día de partido, como excelente oviedista que siempre fue. Algún amigo que dice lo conoció bien nos apunta que, bajo su apariencia de tranquilidad, era capaz, cuando más joven, de cualquier hazaña con tal de no faltar el lunes a su querido mercáu de Infiestu.



La entusiasta y trabajadora Lolina falleció el 30 de abril de 2005. Colo habría cumplido 71 años el mismo día de su funeral, 5-02-2008. Que descansen en paz.



NOTA:



Pero el restaurante continúa su trayectoria en las mejores manos; sus hijos Loli y Fran.




Leocadio Redondo Espina



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