Noreña, Franco TORRE
«Podría decirse, simplificando mucho, que hay dos tipos de grafitis. Por un lado, está el "bomber", que es una firma rápida, que se hace generalmente en sitios prohibidos, con un espíritu reivindicativo. Y, por otro, el mural, que requiere más tiempo y que tiene una motivación de índole artística». Conocido en el mundo del grafiti como «Ocelt22», el noreñense Daniel Blanco Junquera es un referente dentro del panorama asturiano. Ganador de las dos últimas ediciones del concurso «Cultura aquí», impulsado por el Principado, Blanco tiene un buen número de obras en Noreña, donde los vecinos reciben cada nueva composición con agrado, siendo el suyo un caso emblemático de cómo la aceptación social de esta disciplina artística puede modificar la postura de las distintas administraciones.
Curiosamente, la obra de Blanco que propició el primer reconocimiento de los noreñenses fue un mural pintado sobre un muro que ya no existe. Se trataba de un grafiti que el artista realizó sobre un muro localizado en la plaza de la Cruz, junto a las antiguas cocheras de El Castromocho. El primer mural de Blanco ya fue aplaudido por los vecinos, que preferían la explosión de colores del grafiti antes que ver el muro abandonado y con partes desconchadas.
Cada año, con la llegada del buen tiempo, Blanco renovaba el mural, con nuevas composiciones que generaban debate entre los vecinos. Una promoción inmobiliaria provocó hace algunos años que los dos lienzos del muro original quedasen limitados a uno, que durante los últimos meses apenas se sostenía en pie. «A los obreros que tenían que tirarlo les daba pena, y lo apuntalaron como pudieron, hasta que yo mismo les dije que lo tirasen, pues temía que acabase cayendo y dañase a alguien» señala el grafitero.
La otra obra emblemática de Blanco está en el subterráneo que da acceso a la Villa Condal desde la avenida de Langreo, pasando bajo la Carretera Carbonera y las vías del tren. El subterráneo fue construido hace varios años, y en un primer momento el Ayuntamiento rechazó los grafitis, que rápidamente tomaron los muros, y eliminó todas las pintadas. Esta iniciativa provocó un inmediato rechazo vecinal. «La gente prefería los grafitis, porque al pasar por el subterráneo, con esos muros de hormigón descubiertos, creo que les daba algo de miedo», señala el grafitero.
El rechazo popular propició que el Ayuntamiento se replantease su iniciativa y permitiese las pintadas. Ahora todos los muros del subterráneo están cubiertos de grafitis, la mayor parte, del propio Blanco, pero también de otros artistas. «El subterráneo es un lugar apropiado para desarrollar una temática completa, pero no tenía presupuesto y lo hice por partes», señala Blanco.
El subterráneo es muy transitado, especialmente por los vecinos de la avenida de Langreo y Ferrera, que se acercan continuamente al centro de Noreña. Donde antes había muros grises, desnudos, ahora los caminantes ven coloristas composiciones y firmas inextricables. Y nadie duda que eso es arte.