MANUEL NOVAL MORO
Es muy asturiano lo de llevar Asturias a todas partes: la bandera, la sidra, etcétera. Una sierense que vive en Canarias contaba el lío que armó un día en el aeropuerto cuando los de seguridad vieron algo que se movía dentro de su maleta. Era un bogavante vivo. Cada vez que venía a Asturias llevaba la maleta a rebosar de producto autóctono. Porque todo se lleva bien menos el asunto del paladar. Quizá porque yo apenas viajo, cuando salgo del pueblo me gusta salir de verdad, meterme hasta el cuello en mundos ajenos y olvidarme del mío. Hay que reconocer, sin embargo, que es muy difícil. El otro día en Lisboa comprobé lo que ya había descubierto en viajes anteriores por Europa. Estás en cualquier sitio y ves a gente dando voces e inevitablemente piensas: españoles. Cierto que puedes fallar y que sean italianos. Una amiga asturiano-portuguesa habla en voz mucho más baja cuando se dirige a la gente de Portugal, ese país al que llevamos siglos considerando inferior y que nos gana en elegancia por goleada.