Pola de Siero,
Manuel NOVAL MORO
La plantación del álamo de los solteros en la plaza de Les Campes de Pola de Siero fue lenta, laboriosa y hasta accidentada, y quizá por eso una vez consumada recibió la mayor ovación que se recuerda en la noche de San Juan, el pasado martes, en la que los que más aclamaron fueron, precisamente, los que habían arrimado el hombro. Habían elegido un álamo de gran tamaño, 26 metros, el más grande que se había visto en los últimos años, y se las vieron para ponerlo en pie. Después de varios años con una participación muy tímida, en esta ocasión fueron muchos los jóvenes que se apuntaron a erguir el tronco.
Aun así, a pesar del número, la dificultad fue muy grande. Prueba de ello fue que el árbol se les cayó hasta en dos ocasiones. La primera de ellas, porque rompieron las horquetas con las que lo sujetaban; la segunda, porque resbaló la base cuando trataban de introducirla en el agujero y el peso del tronco pudo más que la fuerza de los que trataban de levantarlo. En esta segunda ocasión se rozó el peligro, pero, por suerte, el árbol no alcanzó a nadie. Después de muchos intentos, de muchas discusiones técnicas sobre cómo levantarlo, llegó la acometida definitiva, que en buena medida triunfó gracias a la oportuna aparición de un hacha con la que se cortó la base.
Con cierto temor todavía latente entre el numeroso público y los esforzados solteros de que cayese de nuevo, el álamo cimbreó ligeramente a uno y otro lado pero se mantuvo erecto. Fue entonces cuando el desahogo de los que habían trabajado se convirtió en la canción, prestada -como casi todas las manifestaciones primarias- del mundo del fútbol: «¡A por ellos, oé!».
Una vez afianzado el árbol, llegó el momento de poner los carteles con rimas alusivas a los rivales, los casados, que plantarán el domingo el roble a unos pocos metros. En los pasquines no faltan pullas sobre la condición de casado: «Que la falta de costumbre / o la aburrición d'usar / la mesma poza tol añu / ye permalo d'aguantar».
La batalla del álamo terminó en victoria. Los solteros necesitaron más de una hora para alzar el árbol, que, esta vez sí, se ha convertido en todo un símbolo de esfuerzo y empeño, y que constituye todo un reto para los que vienen detrás. Los casados, que tienen la suerte de ser los últimos en plantar, tienen en bandeja numerosos temas de los que tirar, relativos al tamaño, a los intentos fallidos de poner el árbol en pie, etcétera. Pero hasta la noche de San Pedro no lo sabremos. La asociación Amigos del Roble organizará el domingo su fiesta, que promete la misma intensidad que la del pasado martes.