JUAN A. LÁZARO
Cuando poco a poco me iba familiarizando con los rincones y las peculiaridades de la comarca del bajo Nalón, un vecino de Soto me habló del puente de Muros y uno de Muros del puente de Soto. Por mucho que miraba, jamás pude encontrar más que el puente de la carretera nacional. Con el paso del tiempo, un coloso de hormigón une las dos lejanas orillas, sustentando un tramo de autovía que invita al vértigo. El primer puente era el mismo del que me hablaban murenses y sotobarquenses, pero visto desde sitios distintos. Por esos no muy lejanos tiempos, ya sonaban confusas noticias sobre una pasarela que uniría las dos márgenes de la ría en su tramo bajo. Sería una obra mágica, que subiría hasta los aledaños del cielo para descender al mundanal ruido. Parece que la realidad superará a la ficción, y que en breve una pasarela móvil, parcialmente, volará sobre el Nalón, pero no tengo nada claro si será la de La Arena o la de San Esteban. Espero que los promotores de la primera idea y los ejecutores de la nueva estrechen sus manos a medio camino. Los puentes unen y no separan.