CELSO PEYROUX
Era una hermosa casa solariega, campesina y llena de vida. Siempre había gente. La recuerdo desde la infancia cuando le llevaba a Ricardo y a Amparo el diario de la mañana. Yo fui vendedor de periódicos cuando cada ejemplar costaba setenta céntimos de peseta. A lo que íbamos. Aquella quintana típica asturiana, con su corredor a la moda, la llamaban La Madrada. Estaba llena de geranios y por entre los cientos de flores se asomaba la sonrisa bondadosa y matriarcal de Josefa. Un mal día, un zarpazo del ensanche de la carretera se llevó un trozo; otro día el nuevo ferial engulló un segundo bocado de aquel vergel. Sólo queda la casa «restaurada» como una mansión llena de soledad, misterio y de fantasmas. La querían dedicar a un plan de dinamización y, hasta hoy, si te vi, no me acuerdo. Ahora la quieren destinar a la sede de Las Ubiñas-La Mesa, pero Dios sabrá... A propósito, la más grata, calurosa y acogedora bienvenida a los habitantes de las nuevas viviendas sociales. Pero dicen que no es el mejor lugar ni la arquitectura la más apropiada. A ser felices con toda una vida por delante.