CELSO PEYROUX
Con él llegó el fuego. Descendido del cielo como un misterio, había incendiado, al alba del mundo, un bosque, y nuestros primeros padres le tuvieron miedo y respeto hasta que poco a poco se fueron acercando a aquel nuevo animal cuyos cientos de lenguas daban calor y abrasaban la piel. En sus itinerarios nómadas lo llevaban abrigado como si de un recién nacido se tratara. El rayo se hizo Dios y la lumbre era su hija. Miles de años después al rayo le seguimos temiendo. Ahora no es necesario para encender un fuego. Aplicamos un fósforo, un mechero u otros artilugios y por arte de magia el milagro se hace. Lo que ocurre es que sólo nos acordamos del rayo, la centella y otros meteoros como de Santa Bábara: cuando truena. Lo que ocurrió en Alba de Quirós -tierra de Dios y también mía- es imprevisible, pero siempre hay que estar preparados para el rayo que no cesa. Lo dice el poeta de Orihuela. Sigamos los consejos de los expertos cuando se vislumbra una tormenta de verano. Ovidio, José Antonio y David vinieron al mundo de nuevo. ¡Enhorabuena a los recién nacidos!