Argüelles,
Manuel NOVAL MORO
Una carpa de grandes dimensiones y un entusiasmo de parecido tamaño contribuyeron a que el agua no chafase del todo la última jornada de las fiestas sacramentales de Argüelles. La sociedad de festejos repartió 1.200 bollos con botella de vino y la carpa del prau se llenó, como es habitual, de una saludable mezcla de generaciones.
Desde familias con sus niños pequeños hasta gente que peinaba ya unas cuantas canas, pasando por pandillas de jóvenes y adolescentes. Es lo bueno de esta fiesta. Cabe todo el mundo y nadie sobra.
Lo malo, la lluvia, que comenzó a caer casi al mismo tiempo que se inició el reparto del bollu, y que dejó el prau impracticable en la zona de las orquestas. Después de varios días de sol abrasador llegó el contraste el último día en forma de lluvia pertinaz.
Por lo demás, lo de siempre. La merienda de Argüelles es una de las grandes citas festivas del verano sierense, y a los que acudieron el agua pareció importarles poco. «Ya que estamos aquí vamos a pasarlo bien. Qué más da que llueva. Lo único que cambia es que hay que ponerse a techo», dice Sandra, una joven vecina de la zona.