JUAN A. LÁZARO
Hablar del concejo de Soto del Barco nos lleva inconscientemente a pensar en el complejo nudo urbano de su capital o en la villa arenesca, incluso a la escondida Riberas o el aeroportuario Ranón. Estos núcleos, por distintas razones, son la cara más visible del municipio, algunos por temas burocráticos, otros por su ubicación y casi todos por los caprichos de la historia del territorio. Existe, sin embargo, un rincón, escondido tras la carretera nacional y guarecido bajo los imponentes viaductos de la autovía, en el que el tiempo pasa lento, como los trenes de Tozeur a los que cantó Batiatto y jamás existieron. Cuando un día vengamos desde Avilés, vayamos sin prisa y con ganas de ver un lugar de rincones intensos, en el cruce anterior a la subida del Praviano que nos lleva al aeropuerto, tomemos la carretera que nos lleva a La Ferrería. Escondido con cierto pudor se sucede un paisaje, de alto valor ambiental y estético, que nos llevará hasta el alto, en el que La Corrada será el fin (o el principio) de una ruta corta pero intensa. Podemos hacerla en sentido contrario, tomando el desvío que nos lleva a La Corrada subiendo el Praviano, pero el efecto será el mismo.