CELSO PEYROUX
Me gustaban las historias que me contaban de niño sobre lobos. Unas eran fantasía y otras verdades. Recuerdo cómo se recorrían los valles «andando a la calienda», es decir, llevar consigo o a lomos de un jumento una o varias pieles de alimañas abatidas, al tiempo que solicitaban del vecindario la «voluntad» por la hazaña. Tuve lobeznos en las manos y a los adultos los vislumbré en dos ocasiones: una vez en la Sedernia y otra en la falda del Aramo con Avelino, el de Pedroveya. Ahora no me gustan las historias de lobos que cuentan los ganaderos de Proaza y Teverga como templos de grandes. Se lamentan, y tienen toda la razón. Es necesario buscar una solución entre todos. ¡No al veneno!, de manera contundente, pero entiendo que estén hartos e indignados, porque esta sí que es una historia que se repite una y otra vez. Alguien sugería cazarlos al rececho, con el correspondiente permiso. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Ya no es un cuento. Servando, ¡que viene el lobo!, shhh.