JOSÉ A. ORDÓÑEZ
Si escancio mal, que lo reconozco, es porque me faltan práctica y pulso, que no teoría. Hace años recibí un máster del que para muchos es el mejor echador de sidra de todos los tiempos: Constantino Ovín. «Tino, el de La Barraca» era, hace algo más de una década, el encargado de puntuar el estilo de los participantes en el concurso del Festival de la Sidra, en su calidad de escanciador oficial del festejo. Un día invitó al por entonces joven corresponsal de prensa a seguir el certamen a su lado. Fue una clase magistral, sencilla y sonriente. «Fíjate en esto». «Mira lo otro». «No hay que arquease, hay que estar derechu». «Hay que mirar al vasu y no al tendido»? Lo dicho, una auténtica, inolvidable y maravillosa lección. En estos tiempos en los que todo se olvida con tanta facilidad me apetecía reivindicar la figura del autor de aquel primer decálogo del escanciador que publicamos en este mismo periódico y que tantas veces ha sido plagiado sin citar para nada al gran maestro de la sidra. A Tino, el de La Barraca.