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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Candás,
Braulio FERNÁNDEZ
La niebla se disipa y sólo entonces la alborada está completa. Los barcos doblan la escollera del puerto y se adentran en la mar. Allí los espera una cruz tejida con flores, que aguarda resistiendo las embestidas de una marea ayer embravecida. Únicamente ella rompía el silencio de un acto solemne que año tras año levanta a los candasinos al alba, para rendir homenaje a los antepasados que encontraron su tumba entre las olas. La alborada es un funeral que recuerda la desdicha del pueblo con los naufragios. Pero no es una despedida, es un reencuentro.
Por ello, los descendientes de aquellos que perecieron no hacen otra cosa sino recorrer sus pasos. Madrugan para subirse a los botes y soltar amarras. Mientras el suelo se tambalea sobre sus pies, miran atrás y ven las casas. Recorren a flote un muro de hormigón y, cuando este termina, junto al faro, se encuentran con el mar abierto. Son pescadores, o hijos de pescadores. Y en este ambiente se celebró ayer una recogida alborada, en la que el poeta local Hermenegildo Fernández González trajo al recuerdo de los presentes, en buen número, las dos herencias que la mar dejó en Candás: el modo de vida, pero también el de muerte.
Fernández González recordó algunos de aquellos tristes acontecimientos que marcaron a la villa, como el naufragio del 24 de enero de 1840, en el que perdieron la vida cerca de cien pescadores locales, una tercera parte de los marineros de Candás. Esa tragedia, recordó el poeta al alba, es considerada la peor de todo el litoral asturiano. No hay familia en Candás que no haya perdido a un ser querido en el mar, explicó Fernández González, dando sentido a la preocupante expresión de la escultura de la «Marinera» de Antón que, junto a él, presidía ayer el balcón de la lonja candasina en las primeras horas del día.
Tras la ofrenda a los antepasados, Candás vivió pocas horas después el segundo de los momentos importantes del día, con la procesión del Santísimo Cristo por las calles, al mediodía. La imagen religiosa más preciada y misteriosa, el Cristo de Candás, patrón de los marineros asturianos, abandonó un año más, el 14 de septiembre, sus aposentos del camarín de la iglesia de San Félix para encabezar una muchedumbre que con gesto respetuoso le siguió durante una hora.
El pueblo rindió honores de esta forma al patrón de los pescadores, horas después de recordar a los que se fueron. Según la creencia popular, ninguno como el Cristo puede entender las penurias de la profesión, ya que él mismo fue náufrago. Fue hallado a mediados del siglo XVI por pescadores locales en los mares de Irlanda, según la tradición oral.
El día del grande de las fiestas del Cristo tuvo lugar ayer con la celebración de la alborada y la procesión del Cristo. Al alba, el poeta local Hermenegildo Fernández González leyó sobre el atril de la lonja de pescadores de Candás, ante la atenta mirada del pueblo allí congregado, y de la «Marinera» de Antón (en la imagen superior). Lo acompañaron el alcalde de Carreño, Ángel Riego, y demás autoridades municipales, así como el director general de Pesca del Principado de Asturias, José Marcelino Menéndez Cuervo. Tras esta lectura, los candasinos se dirigieron a la mar, para realizar la ofrenda floral a los náufragos (imagen de abajo). Ya al mediodía, los actos continuaron con la procesión del Cristo, que, como de costumbre, congregó a cientos de personas (en la imagen central, a su paso por la plaza de La Baragaña), informa Braulio FERNÁNDEZ.
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