CELSO PEYROUX
Hace más de cuarenta años que hombres y mujeres decidieron irse del campo. Habían pasado malos tiempos entre vacas, terrones, prados, castañedos y brañas, y querían para ellos y sus descendientes un mundo diferente y «mejor». A la libertad suprema, sólo quebrada con el canto del gallo, se opuso, al momento, la sirena de las fábricas, los horarios imperativos de trabajo y el ajetreo de las grandes urbes. ¿Ganaron o perdieron con el éxodo? La cuestión no está aquí. Habrán «triunfado» en algunos aspectos y en otros fueron vencidos. La avellana del asunto está en que el mundo campestre está desapareciendo y el espacio rural y montaraz se va adueñando de todo lo que se había ganado durante muchos siglos en noble liza a la tierra para vivir de ella. No supieron ni quisieron los políticos hacer frente a la diáspora rural, y ahora se pagan las consecuencias. Ni el festival de la huerta del Solar de Pravia ni otros eventos -Rey y su corte acabaron en Grado con lo poco que había- harán que los jóvenes regresen a sus raíces. ¡Adiós, Cordera, adiós!