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Grado y valles del Trubia

Domingo, el tendero amigo

Un comerciante moscón lleva 50 años al frente de su negocio, en el que aún se empaqueta la compra y se atiende a deshora

 
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Domingo Ramón, ayer, en su tienda, prepara la caja de la compra de una clienta.
Domingo Ramón, ayer, en su tienda, prepara la caja de la compra de una clienta. lorena valdés

Grado,

Lorena VALDÉS

-¿Qué dice la señora?

-¡Aquí estamos, fío, a ver si compramos algo!

-Por casa, ¿todo bien?

-Sí, ya sabes, tirando con los achaques, como siempre.

-¿Además de la fruta, necesita llevar pan o ya lo compra por la plaza?

-Igual llevo una latina de aceite de ese bueno que tienes que me gusta a mí, aunque no sé si me pesará mucho.

-Por las bolsas no se preocupe, que se las acerco yo al autobús.

Es miércoles, día de mercado en Grado, y Domingo Ramón atiende con esmero a todos sus clientes en su tienda de ultramarinos, una de las más populares y longevas de la localidad, ubicada en la calle Cimadevilla, y que aún conserva el trato familiar y las costumbres de los comercios de toda la vida, como empaquetar la compra en cajas de cartón. En el negocio, lejos de las prisas de la sociedad actual, todavía hay tiempo para la conversación. En Casa Domingo se vende, pero también se escucha. La tienda, con cinco décadas de historia, sobrevive al paso del tiempo y los moscones saben que está abierta siempre que lo necesitan, no importa el día ni la hora. Casi, casi, como un 24 horas.

El coche de línea que traslada a la gente desde los pueblos del concejo moscón a la villa los miércoles y domingos para mercadear acaba de estacionar enfrente del establecimiento. El trabajo se acumula, pero no importa, en Casa Domingo no valen las prisas. Este moscón sabe que un trato excelente y familiar, casi en vías de extinción, es uno de sus puntos fuertes para hacer frente a la feroz competencia de los grandes supermercados. «Abrí esta tienda en 1960 y siempre he cuidado a los clientes, lo importante es que se sientan a gusto y ayudarles en todo lo que pueda. Siempre repaso con ellos la lista de la compra para que no se olviden de nada y les recuerdo las ofertas que tengo, que sobre todo ahora con la crisis vienen muy bien», explica el comerciante.

Casa Domingo es una tienda pequeña, en la que parece que el tiempo se hubiera detenido hace unos cuantos años, pero minuciosamente ordenada, cada producto tiene su sitio en la estantería y todo se cuida al detalle. «Hijo, pon la tabla en la puerta que está entrando el sol y no se vayan a estropear las cebollas». Inmediatamente, Domingo hace caso a su madre. La calidad es otra de las marcas de la casa. «Busco lo mejor. La fruta tiene mucha fama y la charcutería también porque la gente sabe apreciar lo bueno y lo natural», apunta el comerciante.

Por la puerta entra un matrimonio forastero que se entremezcla entre las señoras que comentan que «el mercado de los miércoles ya no es lo que era». «¿Están maduros los melocotones. Es que son para comerlos ahora en el campo?», pregunta la pareja. «Están en su punto», responde Domingo mientras pone la fruta en una bolsa. Domingo les recuerda que las conservas que tiene son estupendas para una comida al aire libre. Al marcharse, los clientes comentan: «¡Que hombre tan agradable!».

La palabra vacaciones no está en el vocabulario del comerciante, siempre dispuesto a sacar a sus clientes de cualquier apuro. «Vivo en el piso de encima y algunas veces estoy comiendo o cenando y me llaman porque se les olvidó algo que necesitan con urgencia y yo inmediatamente bajo a dárselo. Ellos lo agradecen mucho».

La tienda es también parada obligada para los peregrinos, especialmente los lunes, día en el que el resto del comercio moscón cierra por descanso. «Se ponen muy contentos al ver que hay un sitio abierto donde poder comprar comida».

La mañana avanza y los clientes vuelven al establecimiento tras el recorrido por los puestos. Toca recoger la compra y charlar un rato antes de volver para el pueblo. «¿Qué tal, nena? Pasa y siéntate un poco que el coche todavía no marcha. ¿Qué feriaste por la plaza?». Inmediatamente, la clienta muestra a Domingo un molde para hacer bizcochos caseros.

El comerciante aprovecha para atar bien con cuerda las cajas en las que los clientes se llevarán su compra. «Pongo en cada paquete el nombre y el pueblo de donde son para evitar confusiones. Lo preparo así para que todos los productos lleguen en perfecto estado».

Es la una de la tarde y el autobús está a punto de irse. «Domingo, apúrate, mete las cajas rápido que se nos va el autobús», le piden las clientas. Dicho y hecho, el comerciante coloca las compras en el maletero y se despide de sus clientas, casi, casi como quien dice adiós a un familiar. Son muchos años de trato.

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