FRANCO TORRE
Las películas de ficción de Werner Herzog suelen dejarme un poco frío. Me gustan mucho sus documentales, sobre todo «Mi enemigo íntimo» o esa joya titulada «Grizzly Man», pero del resto de su filmografía apenas salvo «También los enanos empezaron pequeños» y las dos epopeyas selváticas, «Aguirre» y «Fitzcarraldo». Esta última trata de un melómano chiflado (Klaus Kinski, cómo no) que está empeñado en construir una ópera en medio de la selva e inaugurarla con una actuación de Enrico Caruso. Para financiarlo, el tipo se mete en una demencial aventura comercial que incluye transportar un barco «al llombu» a través de la selva para abrir una nueva vía de comercio de caucho. Sin llegar al extremo de ese moderno Vasco Núñez de Balboa, la obra del auditorio de Pola también ha sido complicada, aunque parece que el barco ha llegado a buen puerto. No obstante, en mi opinión lo difícil llega ahora: siempre me pareció más complejo llevar a Caruso a la selva que construir el dichoso teatro.