JOAQUINA GRANDA MENÉNDEZ
Candasina centenaria
Candás,
Braulio FERNÁNDEZ
Nació un mes después que el ferrocarril de Carreño y, por lo tanto, lleva algo más de cien años habitando en Candás. Joaquina Granda Menéndez (7-2-1909) ya estaba ahí cuando comenzaron a prosperar las fábricas de conserva, cuando aparecieron los primeros cines y cuando muchas familias regresaban de Cuba. Es de la quinta de la fábrica de Albo, o del teatro Santarúa y, por imposible que parezca, ha sobrevivido a ambos. Cuando nació, Candás apenas eran los restos de un puerto ballenero, y ninguna calle se llamaba como ahora porque sus nombres aún no lo habían merecido. Ha visto pasar de cerca el último siglo de vida de la villa, trabajando en la conserva, y ahora lleva con orgullo poseer el recuerdo más antiguo de Candás.
-Si usted llega al mundo un mes antes, hubiera conocido Candás como es Luanco, sin tren...
-Sí, nacer al tiempo que el tren me trae a la memoria a mi padre, que era marinero y en invierno, cuando no se podía navegar, trabajaba en la construcción de los túneles del ferrocarril de Carreño.
-¿Cómo era el Candás de principios del siglo XX?
-El Candás de antes todo era la mar. Se veían botes pequeños, traineras, la mayoría de Antón de Pano, que era quien escogía a la gente que trabajaba en la pesca. Luego llegaron los botes grandes, con el nacimiento de las fábricas de conserva, pero no la prosperidad, ya que la gente seguía viviendo con lo justo.
-Usted trabajó toda su vida en la industria conservera.
-Trabajé cincuenta años en la fábrica de Albo, desde los catorce, y hasta que me retiré, con un finiquito de 6.000 pesetas. A principios de siglo éramos unas 200 mujeres trabajando en la fábrica, y había pocos hombres, algún latero y algún mecánico. Las jornadas en invierno se dedicaban al potarro, y comenzaban a las ocho de la mañana hasta las cinco, más o menos. Llegando marzo empezaba la temporada del bocarte e íbamos a la fábrica a las seis de la mañana, trabajando hasta las diez, y así hasta septiembre.
-¿Y si llegaba algún barco rezagado de noche?
-Había turnos establecidos durante la costera, pero cuando sonaba la sirena de la fábrica tenías que dejar lo que estuvieras haciendo e ir a trabajar. Cobrábamos la hora a quince céntimos y había jornadas de hasta 24 horas, en condiciones laborales muy duras, pero siempre con buen humor, algunas incluso cantando.
-Su marido trabajó en la mar, así que la suya era una familia muy típica candasina.
-Sí, pero él trabajó en condiciones todavía más difíciles, puesto que un 25 de diciembre, cuando tenía 38 años, perdió una pierna en el tranvía de El Musel a Gijón. Aún así siguió saliendo a la mar, con una pata de palo.