FRANCO TORRE
En el salón de mis padres hay una novela cuyo título siempre me ha cautivado: «Las cárceles del alma», de Lazos Zilahy. Desde hace varios años, el libro reposa en la estantería, esperando que algún día me decida a sumergirme en su historia. Pero algo me impide comenzar a leerlo: temo que su contenido no haga justicia al sugerente título impreso en el lomo. He recordado el libro de Zilahy tras hablar con los polesos Javier Arjona y Ana García, cooperantes de Soldepaz Pachakuti que fueron humillados en una cárcel chilena. En una escena que recuerda a un sórdido drama carcelario, a las mujeres de la comitiva humanitaria las obligaron a desnudarse antes de entrar en la cárcel de Victoria, donde iban a visitar a un preso político. Me gustaría pensar que el oficial que las obligó a quitarse la ropa, ese brutal «mayor» que se deleitó en su vergüenza, estará sufriendo pena de trabajos forzados en su particular cárcel interior. Pero me temo que la gentuza como ésa carece de alma. Me preguntó si Zilahy habrá escrito sobre eso.