MANUEL NOVAL MORO
Ha transcurrido mucho tiempo ya desde aquel rollo del «Efecto 2000», cuando se decía que los ordenadores, cuando tuvieran que ajustarse con los ceros de la nueva fecha, se iban a colapsar y todo el sistema mundial se iba a ir al garete. Hace algo menos de tiempo que conocimos a las vacas locas que iban a a convertir a la humanidad en un ejército de bailarines tarados. Hace mucho menos de cuando la gripe aviar iba a diezmar la población de medio mundo. No hace nada, porque estamos en ello, que nos dijeron que la gripe A se iba a convertir en una pandemia asesina con una mutación terrorífica de un virus que actualmente es más suave que la gripe estacional.
Cuando pase un tiempo nos olvidaremos de todas esas alarmas, que en su momento asustan y después suenan a chiste, y volveremos a picar. Y lo haremos porque alguien ganará pasta con ello, ya sea vendiendo ordenadores, carne de cerdo, trajes antigripales (sí, yo vi un programa en la tele en el que se explicaba cómo había que ponerse un invento estupendo contra la gripe aviar, digno de la mejor película sideral), vacunas, respiradores o lo que pinte.
El miedo es la mejor arma. La más eficaz. Porque aunque uno no acabe de creerse todas esas alertas, ya sean de color naranja o verde cantimplora, siempre aparece la duda, ese «¿y si tienen razón?» que todos llevamos dentro como si fuera un cáncer. Esa enfermedad del alma, pasto de abusones, contra la que aún no hay vacuna.