Tazones (Villaviciosa),
Mariola MENÉNDEZ
«Me parece imposible que el cuerpo pueda aguantar todo lo que aguanta», sentencia Aurora Gallego, decana de las pescaderas de Tazones, en referencia al duro trabajo que cada día tenía que realizar para sacar a su familia adelante. A esta mujer, a la que sus 94 años no le han llevado ni una pizca de lucidez, le resulta cómico escuchar la carga de trabajo de la mujer actual, a quien la mecanización de las tareas domésticas le ha supuesto un alivio importante. «Ahora es sujeción, pero no trabajo como antes», asegura Gallego, reivindicando el reconocimiento del papel femenino que siempre fue clave en la economía doméstica y del país, principalmente en las zonas rurales.
Le acompaña Cristina Carneado, de padre pescador y madre pescadera, que resume estas historias como «recuerdos de caleyes, por elles, muyeres, en la cabeza pañuelu, rodiella y caxa». Aurora Gallego es un ejemplo. Desde los doce años y hasta los 65 que se jubiló salía diariamente hacia San Justo (a unos diez kilómetros de Tazones) recorriendo los caminos que la llevaban incluso al monte para vender el pescado, que cargaba en la caja que transportaba en su cabeza, soportando alrededor de los treinta kilos. «En San Justo lloré muchas lágrimas porque me quedé viuda a los 43 años y con tres hijos. Así que si un día me incineran, que parte de mis cenizas las lleven allí», asegura.
La escasez de dinero en aquellos tiempos obligaba a cambiar el pescado por otros alimentos como harina, cebollas, morcilla, tocino, etc. Incluso, cuenta Aurora Gallego, conocida como «la fía la Lula» (también pescadera) que si terminaban pronto de vender, se ofrecían a ayudar en las tareas agrícolas a cambio de llevarse comida para sus casas. «Lo que más vendíamos eran sardinas, porque la gente no conocía otra cosa y el marisco, nada», asegura.
Cristina Carneado continúa recogiendo el sentir de aquellas mujeres: «En el alma, lo que dejaban en casa. El corazón encollíu, soportando fríu, sol, vientu y agua». Se veían obligadas a dejar a sus hijos al cuidado de sus vecinas para poder traer a casa con qué alimentar a la prole. «Había mucha miseria», recuerda Aurora Gallego, por eso tenían que trabajar duro, incluso con lluvia salían a vender el pescado recién traído de la mar. La hija de la Lula recuerda que para protegerse usaban un saco, pero de poco les servía porque «nos entraba agua por la cabeza y nos salía por los pies», cubiertos con alpargatas de esparto que ellas mismas confeccionaban.
Aquellas jornadas de trabajo comenzaban al alba, aunque dependían de la temporada de pesca, lo que en ocasiones les obligaba a iniciarla a las tres de la mañana. Estas mujeres debían madrugar para dejar listas las tareas del hogar como encender la cocina con leña que debían de traer ellas mismas del monte, dejaban el puchero a la lumbre, el agua preparada y enjabonada la ropa colocada al verde. A estas tareas sumaban proveerse de arena de la cantera para fregar el suelo, blanquear las casas y varar los colchones en primavera, además de ayudar a los pescadores con los aparejos y, por supuesto, el cuidado de los hijos.
Aurora aún vive pendiente de los frutos que la mar brinda a los pescadores cada día. «Es lo que viví toda la vida y gozo con ver lo que traen». Confiesa que el pescado que más le gusta es la raya y que nunca compra en pescadería, siempre en el puerto de Tazones.