VICENTE A. MONTES ÁLVAREZ
Oí recientemente el relato de un vecino gitano acerca de cómo en época electoral municipal pasan por el templo de la iglesia evangélica candidatos a presentar sus maravillosos programas de atención a las minorías étnicas, con elevadas pretensiones para el pueblo gitano. Concretaba el caso de uno que en el templo mostró una enorme afabilidad, la cual no se correspondía con lo que ostentaba fuera de allí. También refería las reiteradas solicitudes hechas al gobierno municipal para que la zona de su templo fuese protegida frente al intenso tráfico y las buenas palabras como respuesta, que no se concretaron en hechos; a pesar de que lo demandado no fuese costoso. Esto, que a simple vista parece una falta de consideración a un colectivo, usando su lugar de encuentro y oración con fines espurios, puede agravarse si se reflexiona. ¿Por qué no se usa para idénticos fines un templo católico una mezquita o una sinagoga? Como esto no parece someterse al menor rigor de racionalidad ni de seriedad, sólo se me ocurre para el caso un conocido aforismo: «Una cosa es predicar y otra dar trigo».