VICENTE A. MONTES ÁLVAREZ
Hace casi veinte años, los polesos pudieron conocer que tenían algo único en Europa y probablemente en el mundo. Se trata del paramento que soporta el fresco, obra de Casimiro Baragaña, en la iglesia parroquial. Cuando se produjo el resquebrajamiento del mismo, el arquitecto, representante del Principado, que participó en la comisión para la restauración, así lo hizo saber. No había en Europa y probablemente en el mundo paramento en tabique de altura mayor. La razón de hacer tan inestable soporte para obra tan noble sería, probablemente, de tipo económico. Recientemente vimos que seguimos marcando récords. Tenemos sin duda la bolera más fachendosa del mundo, y el pueblo hizo cola para bautizarla: el hangar, El Maracaná de los bolos, el invernadero. Existe unanimidad en que el impacto visual es abofeteante y en que la inversión es absolutamente desproporcionada. Si los bolos fuesen deporte olímpico el COI tendría que quitarse la gorra ante esta infraestructura, pero ni «pa la mano» ni «pal pulgar» se entiende tamaña inversión ni tamaño aspecto. ¡Bah! Pero la Pola ye la Pola, ¿o no?