LEOCADIO REDONDO ESPINA
CRONISTA OFICIAL DE NAVA
Son de referencia sendos artículos publicados en el diario LA NUEVA ESPAÑA: el primero fechado el 21-09.2009, bajo el título «Los verdugos del preso 3.438», firmado por P. G., y el segundo del 4-10-2009 y titulado «Víctimas asturianas del holocausto», que firmaba Raquel L. MURIAS, en los que se hacía referencia a la peripecia vital del naveto Víctor Cueto, que había sido prisionero en Mauthausen.
El hecho de que este hombre hubiese nacido en Ceceda, parroquia del concejo de Nava de la que procedo, y de que su primer apellido (aunque hay más familias Cueto en Ceceda) coincidiese con el primero de mi bisabuelo Cándido (Cueto) y el de mi abuela materna, Mercedes (Cueto), me hizo tomar interés, llevándome a pensar que Víctor podría haber pertenecido a la rama de mi familia materna. Pero, repasada la lista de los hermanos y hermanas de mi abuela, no aparecía Víctor por parte alguna. Tenía aparcado el asunto, por no encontrarle solución, cuando se me ocurrió comentarlo con mi tío Albino, que me puso sobre la pista adecuada, y una oportuna visita al Registro Civil despejó finalmente la duda.
Según consta en el mencionado libro de registro, «en Nava, provincia de Oviedo, a las quince horas del día veinticinco de febrero de mil novecientos dieciocho, ante don Celedonio Berros Teja, suplente del juez municipal, y don José la Villa González, secretario, compareció doña Máxima Cueto Cuevas? con objeto de que se inscriba en el Registro Civil un niño». Y más adelante sigue: «Que dicho niño nació en la casa de su madre el día veintitrés del actual, a las diecisiete horas». El párrafo siguiente aclara: «Que es hijo natural de D.ª Herminia Cueto Espina, soltera, de diecinueve años de edad, natural y vecina de dicho pueblo de La Vega, labradora». Otro párrafo dice «que es nieto por línea materna de don Cándido y de doña Luisa», y finalmente otro, al dorso, reza: «Y que a dicho niño se le puso el nombre de Víctor». Hay que decir también que en el margen superior izquierdo de la hoja se hizo constar Víctor Cueto con un tipo de caligrafía y que el segundo apellido, Espina, responde a otra distinta, por lo que puede haber sido añadido después.
Por tanto, queda claro que Víctor Cueto Espina era sobrino de mi abuela materna, Mercedes, y primo carnal de mi madre, Felicidad, fallecida en 1995 (y siguiendo el orden de parentesco, su hija Silvia es prima segunda del que suscribe).
Entonces, conociendo estos datos, pude saber que nuestro hombre fue hecho prisionero por los alemanes en Malo les Bains (Francia) el 4 de junio de 1940, cuando trabajaba en el sistema de fortificaciones que formaban la fracasada «Línea Maginot», siendo trasladado a Alemania para ingresar en el Stalag XIII A, situado en la ciudad bávara de Sulzbach Rosenberg, en el que se le asignó el número de matrícula 65.138. Posteriormente, el 11 de julio del mismo año, ingresó en el Stalag VII A, ubicado en Moosburg un der Ysar, también en Baviera, para entrar en Mauthausen (donde se le asignó el número 3.438) el 5 de agosto del mismo año 1940. Como es sabido, este famoso campo, levantado en una zona escasamente poblada del territorio austriaco, pero a unos 20 kilómetros al sureste de la ciudad de Linz, importante nudo de transportes, se comenzó a construir en agosto de 1938 por prisioneros procedentes de Dachau. Finalmente, por causas y en fecha que desconozco, Víctor fue trasladado desde Mauthausen al subcampo de Ebensee. Este centro de reclusión y trabajo, que dependía de Mauthausen (como otros 101 de diversa importancia que, al final de la guerra, salpicaban el territorio austriaco), había recibido los primeros prisioneros en noviembre de 1943 y estaba situado en el municipio del mismo nombre, en la alta Austria.
Según las fuentes consultadas, a fecha 3 de mayo de 1945 se encontraban en el mismo 16.448 (16.449 en una fuente) prisioneros, de los que 220 eran españoles. Como es conocido, en este subcampo sería liberado Víctor Cueto Espina por las tropas americanas el 6 de mayo de 1945, pesando 39 kilos. De las condiciones de salud en que se encontraban los prisioneros cuando fueron liberados puede dar idea aproximada el hecho de que, a pesar de las atenciones médicas y los cuidados recibidos a partir de aquel momento, unos 750 no pudieron recuperarse, muriendo en las semanas siguientes.
Ocurrió que hablando de esto con mi hermano Severino, más joven que yo, me comentó que tenía memoria de que Víctor nos había visitado en El Tropel a mediados de los cincuenta, y que recordaba haberle escuchado contar que «el hecho de haber trabajado en el huerto del campo le había salvado la vida».
En cuanto a su madre, mi tía abuela Herminia, a la que no conocí, puedo decir que se trasladó a vivir a Gijón, en donde contrajo matrimonio, fue madre de dos mujeres y un varón y falleció hace tiempo.