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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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Villaviciosa,
Mariola MENÉNDEZ
La localidad maliayesa de San Martín de Vallés es un pueblo de nonagenarios. Así lo demuestra el hecho de que cuatro de sus vecinos hayan superado los noventa años. Quintín Cayado Cortina suma 96, uno menos que Jaime Miyar Busto. Los hermanos Enrique y Sofía Cayado Cayado no se quedan atrás, con 92 y 91 años, respectivamente. Además, pueden presumir de gozar de buena salud y de una lucidez envidiable. Desconocen cuál es el secreto de su longevidad, pero sí resaltan que «siempre hubo gente muy inteligente en el pueblo. Tenemos maestros, médicos, curas?».
Enrique y Sofía Cayado acaban de recibir el reconocimiento municipal a toda su trayectoria vital. Fue en la reciente comida de los jubilados del concejo. Son dos de los seis hijos que tuvieron María Cayado y José Cayado. Actualmente sólo viven tres, ellos y otro hermano de 84 años emigrado a Buenos Aires (Argentina), donde montó una ferretería. Sus padres también fueron longevos para su época, ya que la madre falleció con 83 años y el padre con 80.
Sofía confiesa su pasión por el dulce. «Me gusta mucho el chocolate y dicen que engorda? Si fuera así, entonces yo no entraría por la puerta. Me comería una habitación entera de pasteles», asegura. Quizá su secreto está en que por las noches realiza ejercicios, eso sí, a su manera, dice, y los completa con sus paseos diarios.
Otra de sus aficiones es la de viajar. «Cuando se retiró mi marido anduvimos medio mundo», apunta. Reconoce que con el paso de los años lo que más le sorprende es «el cambio de la juventud» y principalmente, de las chicas. Lo explica: «nosotras íbamos a los bailes y al toque de la oración teníamos que estar en casa, cuando mejor estaba el baile había que irse. Ahora es distinto».
Enrique Cayado conoce bien el duro trabajo en el campo y recogiendo madera del monte y lamenta que aunque la tierra de San Martín de Vallés «produce de todo, ahora es un matu», por culpa del declive de la ganadería y la agricultura y el detrimento del campo.
La veteranía de Enrique le permite hacer un hueco en la memoria para tiempos pasados más difíciles, como aquellos en los que luchó en los dos frentes de la Guerra Civil. Recuerda que «la primera vez me incorporé en Infiesto (Piloña) y después fui cerca del Naranco, en Oviedo, donde hacíamos trincheras». Uno de los momentos más duros fue cuando le hirieron en la batalla del Ebro. También sabe lo que es pasar hambre: «Hasta tres días podíamos estar sin comer y había que aguantarse».
Entre sus recuerdos de la infancia, la mujer rescata que su hermano Enrique «andaba siempre por los árboles fumando, ¡parecía una chimenea!», asegura. No en vano, le dio al tabaco desde los 14 hasta los 87 años.
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