Villaviciosa,
Mariola MENÉNDEZ
La plaza de abastos de Villaviciosa es una de las pocas que aún se conservan y mantienen su uso tradicional al dar cobijo cada día de mercado a los vendedores ambulantes llegados de la aldea con los mejores productos de su huerta. Los miércoles, el recinto maliayés recupera los habituales corrillos y el comercio de proximidad, que se resiste a abandonar rituales como el trueque. No obstante, los vendedores alertan de la decadencia de este mercado y muchos de ellos aseguran acudir semanalmente a su cita más por mantener viva una tradición y por cierto romanticismo que por negocio.
Los vendedores sostienen que se vende muy poco y consiguen aumentar la caja durante el verano gracias a las compras de los turistas, a los que les gusta adquirir productos autóctonos. Javier Fernández, de la localidad de Rozaes, asegura que «se nota la crisis, se vende menos estos años de atrás», pero sostiene que «el decaimiento de la plaza es porque sólo viene la gente mayor, los jóvenes no tienen ni la costumbre ni el tiempo». Por lo que si no existe un relevo generacional (en los compradores y en los vendedores) «no hay ninguna solución». Fernández apunta que los asiduos al mercado suelen regatear.
Secundina Villar es una de estas clientas. «Me gusta regatear, soy feliz en el rastro haciéndolo», asegura. No obstante, resalta: «Valoro a esta gente porque sé lo que es trabajar en el campo». Y lamenta que «cuando se termine lo poco que queda, se acabó y hay que valorarles porque nos traen lo mejor que plantan».
Mercedes Costales, de Peón, es una de las vendedoras más veteranas. «Ya venía de piquiñuca con mi güela», tradición que mantiene porque, según dice, hay días que no gana ni para la gasolina. Nada tiene que ver con los tiempos de bonanza: «Iba con mi güela a la plaza Sur de Gijón y aquello sí que era vender».
Del mismo modo lo recuerda otra de las más veteranas de la plaza maliayesa, Oliva Morís, de Argüero, que a sus 79 años continúa acudiendo cada miércoles a la villa, desde hace unos 15 años, con sus verduras y legumbres. «Antes se vendía más, ahora la juventud va a la tienda. Pero mi marido trabaja en la huerta y por no dejarlo vengo a venderlo». Dice que con lo que gana en esa jornada costea la compra de los productos que necesita. Lo peor de su trabajo manifiesta que es el frío durante el invierno, opinión que comparte con el resto.
Los clientes prefieren los productos del mercado por su calidad. «Creemos que es de aldea y fresco y no tiene comparación con lo que se compra en el súper», asegura Esther Fresno.