DAVID ORIHUELA
El Museo Antón de Candás expone estos días una muestra de lo que el chaval fue capaz de hacer mientras estaba encarcelado en la iglesia de San Félix. Candás vivió la guerra como todos: mal. Campo de concentración, madrinas que escribían cartas a los presos republicanos y fusilamientos donde hoy está el cementerio. Mientras la masacre, por parte de todos, de unos y de otros, porque es lo que tiene una guerra civil, ocupaba las calles de la villa hasta el punto de cargarse una ejemplar banda de música, un guaje estaba encerrado en la iglesia. Antón fue el Federico García Lorca de Candás, por lo joven y por lo artista. Y con la crudeza de estar privado de libertad, por mucho que fuese en un templo que promete la libertad eterna, Antón se hizo eterno con papeles, servilletas y todo lo que tenía a mano para dibujar a sus compañeros de cautiverio e incluso a sus captores. Ver su obra es ver la inspiración genial de un tipo que quizá murió por hipersensibilidad.