MANUEL NOVAL
El otro día tuve una experiencia inolvidable. Estaba en mi biblioteca y me topé con las «Notas sobre una monografía de Siero» y me di cuenta de que mi erudición estaba coja porque nunca había abordado la magna obra del polesismo y decidí que ya era hora de enfrentarme a ella, desconecté los teléfonos y el timbre de la puerta, le di orden a mi mujer de que nadie osara molestarme, sacudí la caspa de mi bata de cachemir, me puse las pantuflas de terciopelo, me senté en el sillón de orejas, arropado por una manta de cuadros escoceses, abrí el libro, me salté los elogios del Alcalde y la introducción, deseoso de entrar de lleno en la obra sin mediaciones, empecé por la primera línea: «No he de caer en la ingenuidad...», y no tardé en adentrarme en un mundo maravilloso y sugerente, subí a montañas majestuosas en cuyo aire no cabe más pureza, viajé por vastas praderas en las que mujeres desnudas cabalgaban a lomos de caballos blancos... y fue entonces cuando me di cuenta de que me había quedado dormido.