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Villaldín (Grado),
Lorena VALDÉS
A Villaldín (Grado) no se llega por un camino de rosas. Las curvas interminables, la estrechez de la carretera y el último repecho no apto para conductores noveles hace que los veinte minutos que separan este núcleo rural, ubicado en el sudeste del concejo (cerca de Yernes y Tameza) de la capital de Grado parezcan el doble. Una vez arriba, sus vistas son privilegiadas. De ellas disfrutan cada día los únicos habitantes del pueblo, el matrimonio formado por Victoriano Villar y Orlindes Fernández y la hermana de ésta, Ángeles, que viven juntos en la única casa de Villandín habitada a diario. Los tres desean la llegada de nuevos vecinos, aunque sólo sea los fines de semana. «Es el pueblo más alegre del concejo, a las nueve de la mañana ya está el sol fuera», anuncian.
En Villaldín no nace un niño desde 1965, año en el que vino al mundo María Victoria, la hija de Victoriano y Orlindes; hace más de una década que la población del pueblo se ha quedado estancada en tres habitantes, y siete de sus nueve casas permanecen cerradas a cal y canto. Sin embargo, la decisión hace unos años de Juan Manuel González (nacido en Villaldín) de rehabilitar una casa junto a su mujer, Lisé Núñez, ha hecho que el pueblo firme una pequeña tregua con el despoblamiento.
«No es el único, hay un matrimonio de Mieres que está arreglando poco a poco una vivienda, y una chica de Madrid ha comprado una cuadra por internet y ya está con las obras, nos dijo que esto era justo lo que estaba buscando», presume Victoriano Villar, acompañado de su perro, «Troski». En el pueblo moscón el tiempo es relativo y la palabra prisa no figura en el diccionario. A Ángeles y a Orlindes lo que las preocupa verdaderamente es que llueva mucho y el argayo que tienen en el camino que comunica con Santianes vaya a más. «Está fatal. Ya pasamos muy mal a la huerta con la carretilla y como no lo arreglen nos vamos a quedar sin pimientos, tomates, vainillas? Vamos, con la despensa vacía», protestan las hermanas.
Victoriano reconoce que la agricultura no es lo suyo. Él prefiere pasar la mañana navegando por la red. «Tenemos internet vía satélite y con el teléfono móvil sólo tenemos cobertura con una compañía. A través del correo electrónico pude comunicarme con una prima que tengo en Cuba, estoy esperando turno para hacer un cursillo de informática», explica a sus 75 años de edad.
Las compras diarias no suponen tampoco un problema. «El panadero viene a diario y el pescadero, un par de veces a la semana, cuando no queremos comprar le ponemos una bolsa blanca abajo en la carretera para que no dé el viaje en balde si no va a tener venta. Con el butanero hacemos lo mismo, pero con una bolsa de color rojo, para que no haya confusiones», explican los vecinos, entre risas.
Para otro tipo de compras menos imprescindibles, Victoriano siempre está dispuesto a ejercer de taxista y bajar a Grado. «Por aquí pasa el coche de línea los miércoles para bajar al mercao, pero el resto de días o tienes coche o nada», dicen con resignación. A ellos lo de desplazarse a la villa en el transporte escolar no les convencen mucho, «a no ser que haya una urgencia».
La presencia de cualquier forastero en el pueblo siempre es interpretado como la posibilidad de un nuevo vecino. A pesar de la crisis económica, en Villaldín el metro cuadrado se cotiza a la alza, en muchos casos. «Esa casa», señalan, «está en venta, es buena, pero piden más de 60.000 euros. Con ese dinero te compras un pisín en Grado», concluyen las hermanas Fernández, conocedoras de que el «boom del ladrillo» terminó ya hace años.
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