JUAN A. LÁZARO
El otro día en Pravia, intercambiando opiniones con los gestores del desarrollo rural astur, que abandonaron temporalmente su vetusta atalaya capitalina para pisar el terruño, me di cuenta de que esto de trabajar la tierra cada vez se complica más. Qué lejos quedan aquellos postulados de la escuela de Montpellier, la declaración de Cork e incluso la más modesta y reciente de Cangas de Onís. Parece que era ayer (y puede que lo fuera) cuando el turismo rural era una idea moderna e innovadora, que permitía diversificar los ingresos agrarios y abrir nuevos mercados. Era el «Proder I». Con el «Proder II» las actividades agroganaderas iban decayendo, pero actualmente, con el nuevo programa («Leader»), la situación es muy curiosa. El desarrollo rural moderno se fusiona con su contrapunto inicial, ya que los agraristas nos piden prestado el término y consideran moderna y diversificadora la agricultura a escala media. Mirando las vegas de Peñaullán, Riberas o Quinzanas, no termino de entender lo que pasaba antes, me despista lo que veo y no atisbo a ver un futuro sin tierra por medio.