FRANCO TORRE
Toda la operación apenas llevó 15 minutos. Uno de los obreros se ajustó el arnés y se subió a la cesta mientras el otro manejaba el brazo mecánico, a fin de elevar a su compañero hasta la placa. Sin diplomacia alguna, el de la cesta sacó un destornillador y retiró la placa que dedicaba a Camilo Alonso Vega una calle de Noreña. Aparte de los dos obreros, sólo yo presenciaba el momento. No hubo manifestaciones, ni llantos, ni hurras, ni sonrisas. Apenas un caminante se interesó por la operación, pero unos segundos después reemprendió la marcha, sin decir nada. Decepcionado, recordé la dramática destrucción de la estatua del zar Nicolás II inmortalizada por Eisenstein en «Octubre». No había nada heroico en la retirada de la placa, nada trascendente. Tras quitar el pedazo de metal, el obrero limpió las telarañas acumuladas en la pared, y acto seguido cogió la nueva placa, que rezaba «calle de la Libertad», y se dispuso a colocarla ayudado por un nivel. Que cada uno interprete la imagen como lo crea conveniente.