Pola de Siero,
Manuel NOVAL MORO
Delfina Orviz llevaba una espina clavada desde su juventud. Nacida en Nava en 1946, no pudo cursar estudios superiores por motivos económicos. Estudió entonces peluquería y se dedicó a esta profesión en su pueblo. En los años ochenta se trasladó a Pola de Siero y fue allí donde decidió darse una segunda oportunidad. Con 56 años se matriculó en el Programa Universitario de Mayores de la Universidad de Oviedo (PUMUO), donde le nació una nueva vocación: entró de lleno en la poesía. «Lo que menos creí yo a mis años es que me llegase esto que tanto me llena», asegura ahora que ha salido a la luz su segundo poemario, «El último tren». La obra, editada por la Fundación Municipal de Cultura de Siero y con prólogo de la periodista local María Fernández, se presentará mañana, martes, a las siete y media de la tarde en la Casa de Cultura de la Pola.
Lectora desde que era una niña, en sus primeros años escribió algunas historias rimadas, pero fue desde su entrada a la Universidad cuando se asomó a la escritura, y no le fue mal. En 2004 quedó finalista en un concurso de la propia Universidad con la obra «La sirena y el mar», y en 2006 le concedieron el accésit en el concurso de poesía del programa «Mujer y Participación Cultural» por el poema «Alas cortadas». Serían estos versos los que le abrirían la puerta de la publicación. La llamaron de la Fundación Municipal de Cultura para pedirle más poemas y publicó así su primer libro, «Sentimientos marcados».
En la Universidad recibió clases de poesía de Aurelio González Ovies, que se convirtió desde entonces en uno de sus poetas más admirados. A él lee ahora con especial interés, junto con otros grandes como Machado o Neruda.
Y aunque todas las lecturas inspiran su trabajo, la poeta bebe especialmente de la vida, de sus vivencias personales, para hacer sus poemas, marcados por una métrica constante, casi siempre en octosílabos, y por una sencillez cargada de sentimientos. Escribir se convierte, entonces, no sólo en una afición sino también en un desahogo. Un buen ejemplo es el poema «Rosas blancas», en el que hace alusión a su madre, que murió hace cerca de dos años y cuya pérdida fue un golpe muy duro para la poeta, como aparece reflejado en el fragmento «Todo son objetos tuyos / de recuerdos y añoranzas / todo tiene tu presencia / y está lleno de nostalgia».